viernes, 9 de marzo de 2012

El Blog de Alegre Rebeldía se muda a www.alegrerebeldia.com.ar Visitanos!!


 Queremos compartir con ustedes que desde este año Alegre Rebeldía cambia su soporte virtual. Ya no utilizaremos más este blog, ahora pueden encontrarnos en www.alegrerebeldia.com.ar
También queremos avisarles que cambiamos nuestra dirección de mail por contacto@alegrerebeldia.com.ar. Revisen sus correos no deseados que ya estamos mandando el primer número de este segundo año.
Esperamos sus aportes y comentarios.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Discurso pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz, en el Parque Céspedes de Santiago de Cuba el 1ro de enero de 1959

 

Santiagueros, compatriotas de toda Cuba:

Al fin hemos llegado a Santiago (Aplausos).  Duro y largo ha sido el camino, pero hemos llegado (Aplausos).
Se decía que hoy a las 2:00 de la tarde se nos esperaba en la capital de la República, el primer extrañado fui yo (Aplausos), porque yo fui uno de los primeros sorprendidos con ese golpe traidor y amañado de esta mañana en la capital de la República (Aplausos).
Además, yo iba a estar en la capital de la República, o sea, en la nueva capital de la República (Aplausos), porque Santiago de Cuba será, de acuerdo con el deseo del presidente provisional, de acuerdo con el deseo del Ejército Rebelde y de acuerdo con el deseo del pueblo de Santiago de Cuba, que bien se lo merece, la capital (Aplausos).  ¡Santiago de Cuba será la capital provisional de la República!  (Aplausos).
Tal vez la medida sorprenda a algunos, es una medida nueva, pero por eso ha de caracterizarse, precisamente, la Revolución, por hacer cosas que no se han hecho nunca (Aplausos). Cuando hacemos a Santiago de Cuba capital provisional de la República sabemos por qué lo hacemos.  No se trata de halagar demagógicamente a una localidad determinada, se trata, sencillamente, de que Santiago ha sido el baluarte más firme de la Revolución (Aplausos).
La Revolución empieza ahora, la Revolución no será una tarea fácil, la Revolución será una empresa dura y llena de peligros, sobre todo, en esta etapa inicial, y en qué mejor lugar para establecer el Gobierno de la República que en esta fortaleza de la Revolución (Gritos y aplausos); para que se sepa que este va a ser un gobierno sólidamente respaldado por el pueblo en la ciudad heroica y en las estribaciones de la Sierra Maestra, porque Santiago está en la Sierra Maestra (Gritos y aplausos).  En Santiago de Cuba y en la Sierra Maestra tendrá la Revolución sus dos mejores fortalezas (Aplausos). 
Pero hay, además, otras razones: el movimiento militar revolucionario, el verdadero movimiento militar revolucionario, no se hizo en Columbia.  En Columbia prepararon un “golpecito” de espaldas al pueblo, de espaldas a la Revolución y, sobre todo, de acuerdo con Batista (Aplausos).
Puesto que la verdad hay que decirla y puesto que venimos aquí a orientar al pueblo, les digo y les aseguro que el golpe de Columbia fue un intento de escamotearle al pueblo el poder y escamotearle el triunfo a la Revolución.  Y, además, para dejar escapar a Batista, para dejar escapar a los Tabernillas, para dejar escapar a los Pilar García y a los Chavianos, para dejar escapar a los Salas Cañizares y a los Ventura (Aplausos).
El golpe de Columbia fue un golpe ambicioso y traidor que no merece otro calificativo, y nosotros sabemos llamar las cosas por su nombre y atenernos, además, a la responsabilidad (Aplausos).
No voy a andar con paños calientes para decirles que el general Cantillo nos traicionó y no es que lo voy a decir, sino que lo voy a probar.  Pero, desde luego, lo habíamos dicho siempre:  no vayan a tratar a última hora a venir a resolver esto con un “golpecito militar”, porque si hay golpe militar de espaldas al pueblo, la Revolución seguirá adelante, que esta vez no se frustrará la Revolución.
Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad al poder.  No será como en el 95 que vinieron los americanos y se hicieron dueños de esto (Aplausos).  Intervinieron a última hora y después ni siquiera dejaron entrar a Calixto García que había peleado durante 30 años, no quisieron que entrara en Santiago de Cuba (Aplausos).  No será como en el 33 que cuando el pueblo empezó a creer que una Revolución se estaba haciendo, vino el señor Batista, traicionó la Revolución, se apoderó del poder e instauró una dictadura por once años.  No será como en el 44, año en que las multitudes se enardecieron creyendo que al fin el pueblo había llegado al poder, y los que llegaron al poder fueron los ladrones.  Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas.  Esta vez sí que es la Revolución.
Pero, no querían que fuese así.  En los instantes mismos en que la dictadura se desplomaba como consecuencia de las victorias militares de la Revolución, cuando ya no podían resistir ni siquiera 15 días más, viene el señor Cantillo y se convierte en paladín de la libertad.  Naturalmente, que nosotros nunca hemos estado en una actitud de rechazar cualquier colaboración que implicase un ahorro de sangre, siempre que los fines de la Revolución no se pusiesen en peligro.  Naturalmente, que nosotros siempre hemos estado llamando a los militares para buscar la paz, pero la paz con libertad y la paz con el triunfo de la Revolución, era la única manera de obtener la paz.
Todo el mundo sabe que nuestro primer planteamiento en caso de un golpe militar para llegar a un acuerdo con nosotros era la entrega de los criminales de guerra, y esa era una condición esencial.
Y se podía haber capturado a Batista y a todos sus cómplices.  Y yo se lo dije bien claro que no estaba de acuerdo con que Batista se fuera.  Le expliqué bien qué tipo de movimiento había que hacer; que yo no respaldaría, ni el Movimiento 26 de Julio ni el pueblo, respaldarían un golpe de Estado, porque la cuestión es que el pueblo es el que ha conquistado su libertad y nadie más que el pueblo (Aplausos).
La libertad nos la quitaron mediante un golpe de Estado, pero para que se acabaran de una vez y para siempre los golpes de Estado, había que conquistar la libertad a fuerza de sacrificio de pueblo, porque no hacíamos nada con que dieran un golpe mañana y otro pasado y otro dentro de dos años y otro dentro de tres años; porque aquí quien tiene que decidir, definitivamente, quién debe gobernar es el pueblo y nadie más que el pueblo (Aplausos).
Y los militares deben estar incondicionalmente a las órdenes del pueblo y a la disposición del pueblo y a la disposición de la Constitución, y de la ley de la República.
Qué distinto, sin embargo, fue en Santiago de Cuba.  ¡Qué orden y qué civismo!  ¡Qué disciplina demostrada por el pueblo!  Ni un solo caso de saqueo, ni un solo caso de venganza personal, ni un solo hombre arrastrado por las calles, ni un incendio.  Ha sido admirable y ejemplar el comportamiento de Santiago de Cuba, a pesar de dos cosas:  a pesar de que esta había sido la ciudad más sufrida y que más había padecido el terror, por lo tanto, la que más derecho tenía a estar indignada (Aplausos); y a pesar, además, de nuestras declaraciones de esta mañana diciendo que no estábamos de acuerdo con el golpe.
Santiago de Cuba se comportó ejemplarmente bien, y creo que será este caso de Santiago de Cuba un motivo de orgullo para el pueblo, para los revolucionarios y para los militares de la Plaza de Santiago de Cuba (Aplausos).
Ya no podrán decir que la Revolución es la anarquía y el desorden.  Ocurrió en La Habana por una traición, pero no ocurrió así en Santiago de Cuba, que podemos poner como modelo cuantas veces se trate de acusar a la Revolución de anárquica y desorganizada (Aplausos).
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El hecho cierto es que recabé el apoyo de la oficialidad del Ejército de Santiago de Cuba, y la oficialidad del Ejército de Santiago de Cuba le brindó su apoyo incondicional a la Revolución Cubana (Aplausos).  Reunidos los oficiales de la Marina, de la Policía y del Ejército, se acordó desaprobar el golpe amañado de Columbia y apoyar al Gobierno legal de la República, porque cuenta con la mayoría de nuestro pueblo, que es el doctor Manuel Urrutia Lleó (Aplausos); y apoyar a la Revolución Cubana.  Gracias a esa actitud se ahorró mucha sangre, gracias a esa actitud se ha gestado de verdad, en la tarde de hoy, un verdadero movimiento militar revolucionario.
Yo comprendo que en el pueblo hay muchas pasiones justificadas.  Yo comprendo las ansias de justicia que hay en nuestro pueblo, y se cumplirá porque habrá justicia (Aplausos).  Pero yo le quiero pedir a nuestro pueblo antes de nada, calma.  Estamos en instantes en que debemos con­­solidar el poder antes que nada.  ¡Lo primero ahora es consolidar el poder!  Después reuniremos una comisión de militares honorables y de oficiales del Ejército Rebelde para tomar todas las medidas que sean aconsejables, para exigir responsabilidad a aquellos que la tengan (Aplausos).  ¡Y nadie se opondrá!, porque al Ejército y a las Fuerzas Armadas son a los que más les interesa que la culpa de unos cuantos no la pague todo el cuerpo, y que no sea una vergüenza vestir el uniforme militar (Aplausos); que los culpables sean castigados para que los inocentes no tengan que cargar con el descrédito (Aplausos).  ¡Tengan confianza en nosotros!, es lo que le pedimos al pueblo, porque sabemos cumplir con nuestro deber (Aplausos).
En esas circunstancias se realizó en la tarde de hoy un verdadero movimiento revolucionario del pueblo, de los militares y de los rebeldes, en la ciudad de Santiago de Cuba (Aplausos).  Es indescriptible el entusiasmo de los militares, y en prueba de confianza les pedí a los oficiales que entraran conmigo en Santiago de Cuba, ¡y aquí están todos los oficiales del Ejército!  (Aplausos).  ¡Ahí están los tanques a disposición de la Revolución!  (Aplausos).  ¡Ahí está la artillería a disposición de la Revolución!  (Aplausos).  ¡Ahí están las fragatas a disposición de la Revolución!  (Gritos y aplausos).
Yo no voy a decir que la Revolución tiene el pueblo, eso ni se dice, eso lo sabe todo el mundo.  Yo decía que el pueblo, que antes tenía escopeticas, ya tiene artillería, tanques y fragatas; y tiene muchos técnicos capacitados del Ejército que nos van a ayudar a manejarlas, si fuese necesario (Aplausos).  ¡Ahora sí que el pueblo está armado!  Yo les aseguro que si cuando éramos 12 hombres solamente no perdimos la fe (Aplausos), ahora que tenemos ahí 12 tanques cómo vamos a perder la fe
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Yo solo pido tiempo para nosotros y para el poder civil de la República a fin de ir realizando las cosas a gusto del pueblo, pero poco a poco (Aplausos).  Solo le pido una cosa al pueblo, y es que tenga calma.  (Del público le dicen:  “¡Oriente federal, Oriente capital!”).  ¡No!, ¡no!, la República unida siempre y por encima de todas las cosas (Aplausos).  Lo que hay que pedir es justicia para Oriente (Aplausos).  En todo, el tiempo es un factor importante.  La Revolución no se podrá hacer en dos días; ahora, tengan la seguridad de que la Revolución la hacemos.  Tengan la seguridad de que por primera vez de verdad la República será enteramente libre y el pueblo tendrá lo que merece (Aplausos).  El poder no ha sido fruto de la política, ha sido fruto del sacrificio de cientos y de miles de nuestros compañeros.  No hay otro compromiso que con el pueblo y con la nación cubana.  Llega al poder un hombre sin compromisos con nadie, sino con el pueblo exclusivamente (Aplausos).
El Che Guevara (Aplausos) recibió la orden de avanzar sobre la capital no provisional de la República, y el comandante Camilo Cienfuegos, jefe de la Columna 2 Antonio Maceo (Aplausos) ha recibido la orden de marchar sobre la gran Habana y asumir el mando del campamento militar de Columbia (Aplausos).  Se cumplirán, sencillamente, las órdenes del presidente de la República y el mandato de la Revolución (Aplausos).
De los excesos que se hayan cometido en La Habana, no se nos culpe a nosotros.  Nosotros no estábamos en La Habana.  De los desórdenes ocurridos en La Habana, cúlpese al general Cantillo y a los golpistas de la madrugada, que creyeron que iban a dominar la situación allí (Aplausos).  En Santiago de Cuba, donde se ha hecho una verdadera Revolución, ha habido orden completo.  En Santiago de Cuba se han unido el pueblo, los militares y los revolucionarios, y eso es indestructible (Aplausos).
La paz que nuestra patria necesita se ha logrado. Santiago de Cuba ha pasado a la libertad sin que hubiera que derramar sangre.  Por eso hay tanta alegría, y por eso es que los militares que en el día de hoy desoyeron y desaprobaron el golpe de Columbia para sumarse incondicionalmente a la Revolución merecen nuestro reconocimiento, nuestra gratitud y nuestro respeto (Aplausos).  Los institutos armados de la República serán en el futuro modelos de instituciones, por su capacidad, por su educación y por su identificación con la causa del pueblo.  Porque los fusiles, de ahora en adelante, solo estarán siempre al servicio del pueblo (Aplausos).
No habrá más golpes de Estado, no habrá más guerra, porque por eso nos hemos preocupado, de que no ocurra ahora como cuando Machado.  Estos señores, para hacer más parecido el caso de la madrugada de hoy con el caso de la caída de Machado, aquella vez pusieron a un Carlos Manuel, y ahora pusieron a otro Carlos Manuel (Abucheos).
Lo que no habrá esta vez es un Batista (Aplausos), porque no habrá necesidad de un 4 de septiembre, que destruyó la disciplina en las Fuerzas Armadas, porque lo que ocurrió con Batista fue que instauró aquí la indisciplina en el Ejército, porque su política consistía en halagar a los soldados para mantener disminuida la autoridad de los oficiales.  Los oficiales tendrán autoridad, habrá disciplina en el Ejército.  Habrá un Código Penal Militar, donde los delitos contra los derechos humanos y contra la honradez y la moral que debe tener todo militar, serán castigados debidamente (Aplausos).
No habrá privilegios para nadie.  El militar que tenga capacidad y tenga méritos será el que ascienda, y no el pariente, el amigo, como ha existido hasta hoy, que no se han respetado los escalafones.
Para los militares se acabará, como se acabará para los trabajadores, toda esa explotación de contribuciones obligatorias, que en los obreros es la cuota sindical y en los militares es el peso para la primera dama, y los dos pesos para esto, y los dos pesos para lo otro, y les acaban con el sueldo (Aplausos).
Naturalmente, que el pueblo todo lo debe esperar de nosotros, y lo va a recibir.
No nos olvidaremos de nuestros campesinos de la Sierra Maestra y de los de Santiago de Cuba (Aplausos).  No nos iremos a vivir a La Habana olvidados de todos; donde yo quiero vivir es en la Sierra Maestra (Aplausos).  Por lo menos, en la parte que me corresponda, por un sentimiento muy profundo de gratitud, no olvidaré a aquellos campesinos; y tan pronto tenga un momento libre voy a ver dónde vamos a hacer la primera Ciudad Escolar, con cabida para 20 000 niños (Aplausos).  Y lo vamos a hacer con la ayuda del pueblo.  Los rebeldes van a trabajar allí.  Le vamos a pedir a cada ciudadano un saco de cemento y una cabilla (Aplausos y gritos de: “¡Sí, sí!”).  Y yo sé que obtendremos la ayuda de nuestra ciudadanía (Aplausos).
No olvidaremos a ninguno de los sectores de nuestro pueblo (del público le dicen:  “¡Viva Crescencio Pérez!”).  ¡Que viva Crescencio Pérez que perdió a un hijo en los días postreros de la guerra!
La economía del país se restablecerá inmediatamente.  Este año nosotros seremos los que cuidaremos la caña, para que no se queme.  Porque este año los impuestos del azúcar no servirán para comprar armas homicidas y bombas y aviones para bombardear al pueblo (Aplausos).
Cuidaremos las comunicaciones y ya, desde Jiguaní hasta Palma Soriano, la línea telefónica está restablecida y la vía férrea será restablecida (Aplausos).  Y habrá zafra en todo el país y habrá buenos salarios, porque yo sé que ese es el propósito del presidente de la República.  Y habrá buenos precios porque, precisamente, el miedo a que no hubiera zafra ha levantado los precios del mercado mundial; y los campesinos podrán sacar su café (Aplausos); y los ganaderos todavía podrán vender sus reses gordas en La Habana, porque afortunadamente el triunfo ha llegado a tiempo, para que no haya ruina de ninguna clase.
No es a mí a quien le corresponde hablar de estas cosas.  Ustedes saben que somos hombres de palabra y que lo que prometemos lo cumplimos.  Y queremos prometer menos de lo que vamos a cumplir, no más, sino menos de lo que vamos a cumplir, y hacer más de lo que ofrezcamos al pueblo de Cuba (Aplausos).
No creemos que todos los problemas se vayan a resolver fácilmente, sabemos que el camino está preñado de obstáculos, pero nosotros somos hombres de fe, que nos enfrentamos siempre a las grandes dificultades (Aplausos).
Podrá estar seguro el pueblo de una cosa, y es que podemos equivocarnos una y muchas veces, lo único que no podrá decir jamás de nosotros es que robamos, que traicionamos, que hicimos negocios sucios, que usamos el favoritismo, que usamos los privilegios (Aplausos).  Y yo sé que el pueblo los errores los perdona, y lo que no perdona son las sinvergüencerías, y los que hemos tenido son sinvergüenzas (Aplausos).
Vela por el curso y el destino de esta Revolución la América entera. Toda ella tiene sus ojos puestos en nosotros.  Toda ella nos acompaña con sus mejores deseos de triunfo.  Toda ella nos respaldará en nuestros momentos difíciles.  Esta alegría de hoy no solo es en Cuba, sino en América entera. Como nosotros nos hemos alegrado cuando ha caído un dictador en la América Latina, ellos también se alegran hoy por los cubanos.
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Nuestras armas se inclinan respetuosas ante el poder civil en la República civilista de Cuba (Aplausos). No tengo que decirle que esperamos que cumpla con su deber, porque sencillamente estamos seguros de que sabrá cumplirlo. Al presidente provisional de la República de Cuba cedo mi autoridad; y le cedo en el uso de la palabra al pueblo.  Muchas gracias.
(Ovación)


Fuente: Cuba.cu

viernes, 23 de diciembre de 2011

La Crisis Causó Dos Nuevas Muertes

¿El titular de un diario siempre refleja la realidad de lo que pasó?
El Documental filmado por Patricio Escobar y Damián Finvarb recorre a través de la visión de los medios periodísticos el día del asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santilán. En su tapa Clarín anunciaba "La crisis causó dos nuevas muertes", ¿ la crisis o las balas de la represión?
Cómo algunos medios apelan al sensacionlismo y la abstracción y no reflejan la realidad de los hechos siendo testigos privilegiados de la historia de un país.



jueves, 15 de diciembre de 2011

19 y 20 de Diciembre de 2001

 




Los Invisibles
por Eduardo Galeano

No sólo en la Argentina, no sólo en América latina, el sistema está ciego. ¿Qué son las personas de carne y hueso? Para los economistas más notorios, números. Para los banqueros más poderosos, deudores. Para los tecnócratas más eficientes, molestias. Y para los políticos más exitosos, votos.
Ahora los invisibles han ocupado, cosa rara, el centro de la escena. Son los que se niegan a seguir comiendo promesas; los que han sido despojados de sus salarios y de sus jubilaciones; los que han sido desvalijados de sus ahorros de toda la vida; los jóvenes que se sienten traicionados por el país que heredan.
En el río revuelto de la bronca colectiva, aparecen también los pescadores: los provocadores, los delincuentes, los violentos, los que quieren desviar el justo torrente de la indignación popular, para que todo acabe en una guerra de pobres contra pobres. Pero eso no quita ni un poquito de valor a la pueblada que volteó al gobierno de De la Rúa, ni a las caceroladas de después, que son irrefutables pruebas de energía democrática.
De la Rúa había dicho, en su discurso, palabra más, palabra menos: la realidad no existe, la gente no existe. La democracia somos nosotros, le respondió la gente, y nosotros estamos hartos. ¿O acaso la democracia consiste solamente en el derecho de votar cada cuatro años? ¿Derecho de elección o derecho de traición? En la Argentina, como en tantos otros países, la gente vota, pero no elige. Vota por uno, gobierna otro: gobierna el clon.


El clon hace, desde el gobierno, todo lo contrario de lo que el candidato había prometido durante la campaña electoral. Según la célebre definición de Oscar Wilde, cínico es el que conoce el precio de todo y el valor de nada. El cinismo se disfraza de realismo y así se desprestigia la democracia.
Las encuestas indican que América latina es, hoy por hoy, la región del mundo que menos cree en el sistema democrático de gobierno. Una de esas encuestas, publicada por la revista The Economist, reveló la caída vertical de la fe de la opinión pública en la democracia, en casi todos los países latinoamericanos: hace medio año, sólo creían en ella seis de cada diez argentinos, bolivianos, venezolanos, peruanos y hondureños, menos de la mitad de los mexicanos, los nicaragüenses y los chilenos, no más que un tercio de los colombianos, los guatemaltecos, los panameños y los paraguayos, menos de un tercio de los brasileños y apenas uno de cada cuatro salvadoreños.
Triste panorama, caldo gordo para los demagogos y los mesías de uniforme: mucha gente, y sobre todo mucha gente joven, siente que el verdadero domicilio de los políticos está en la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones.

Un recuerdo de infancia del narrador Héctor Tizón: en la Avenida de Mayo, en Buenos Aires, su papá le señaló a un señor que en la vereda, ante una mesita, vendía pomadas y cepillos para lustrar zapatos:
–Ese señor se llama Elpidio González. Miralo bien. El fue vicepresidente de la república.
Eran otros tiempos. Sesenta años después, en las elecciones legislativas de 2001, hubo un aluvión de votos en blanco o anulados, algo jamás visto, un record mundial. Entre los votos anulados, el candidato triunfante fue el pato Clemente, que no tiene manos para robar.


Quizá nunca América latina había sufrido un saqueo político comparable con el de la década pasada. Con la complicidad y el amparo del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, siempre exigentes de austeridad y transparencia, varios gobernantes robaron hasta las herraduras de los caballos al galope. En los años de las privatizaciones, rifaron todo, hasta las baldosas de las veredas y los leones de los zoológicos, y todo lo evaporaron. Los países fueron entregados para pagar la deuda externa, según mandaban los que de veras mandan, pero la deuda, misteriosamente, se multiplicó entre los dedos ágiles de Carlos Menem y muchos de sus colegas. Y los ciudadanos, los invisibles, se han quedado sin países, con una inmensa deuda que pagar, platos rotos de esa fiesta ajena, y con gobiernos que no gobiernan, porque están gobernados desde afuera.
Los gobiernos piden permiso, hacen sus deberes y rinden examen: no ante los ciudadanos que los votan, sino ante los banqueros que los vetan.


Ahora que estamos todos en plena guerra contra el terrorismo internacional, esta duda no está demás: ¿qué hacemos con el terrorismo del mercado, que está castigando a la inmensa mayoría de la humanidad? ¿O no son terroristas los métodos de los altos organismos internacionales, que en escala planetaria dirigen las finanzas, el comercio y todo lo demás? ¿Acaso no practican la extorsión y el crimen, aunque maten por asfixia y hambre y no por bomba? ¿No están haciendo saltar en pedazos los derechos de los trabajadores? ¿No están asesinando la soberanía nacional, la industria nacional, la cultura nacional?
La Argentina era la alumna más cumplida del Fondo Monetario, del Banco Mundial y de la Organización Mundial del Comercio. Así le fue.


Damas y caballeros: los primeros son los banqueros. Y donde manda capitán, no manda marinero. Palabras más, palabras menos, éste fue el primer mensaje que el presidente George W. Bush envió al presidente Rodríguez Saá. Desde la ciudad de Washington, capital de los Estados Unidos y no sólo de los Estados Unidos, Bush indicó que la Argentina debe “proteger” a sus acreedores y al Fondo Monetario Internacional y llevar adelante una política de “más austeridad”.
Mientras tanto, en Buenos Aires, el nuevo Presidente provisional metió la pata en su primera respuesta a la prensa. Un periodista le preguntó qué iba a priorizar, la deuda o la gente, y él contestó: “La deuda”. Don Sigmund Freud sonrió desde su tumba, pero Rodríguez Saá corrigió de inmediato su respuesta. Y poco después, anunció que suspenderá los pagos de la deuda y destinará ese dinero a crear fuentes de trabajo para las legiones de desocupados.
La deuda o la gente, ésa es la cuestión. Y ahora la gente, al son de sus tachos de cocina, suena y exige.


Hace cosa de un siglo, don José Batlle y Ordóñez, presidente del Uruguay, estaba presenciando un partido de fútbol. Y comentó:
–¡Qué lindo sería si hubiera 22 espectadores y diez mil jugadores!
Quizá se refería a la educación física, que él promovió. O estaba hablando, más bien, de la democracia que quería.
Un siglo después, en la orilla argentina del río, muchos de los manifestantes llevaban la camiseta de su selección nacional de fútbol, su entrañable señal de identidad, su alegre certeza de patria: con la camiseta puesta, tomaron las calles. La gente, harta de ser espectadora de su propia humillación, ha invadido la cancha.
No va a ser fácil desalojarla.

Copyright Eduardo Galeano y Pagina/12


jueves, 8 de diciembre de 2011

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En uno de los apartados del libro La Rebelión de las Madres de Ulises Gorini, se relata el secuestro de las madres, dos religiosas francesas y otros familiares de desaparecidos.El operativo fue organizado por Alfredo Astiz que se infiltró entre las madres haciendose pasar por Gustavo Niño, hermano de un desaparecido.  Por esos días las Madres estaban organizando la publicación de una solicitada en los diarios con los nombres de los secuestrados. El costo de tanta lucha y perverancia fue la desaparición de 3 de sus mejores madres, sin embargo ellas siguieron adelante, enfretando al enemigo.

En el nombre de la Virgen
La Marina decidió dar el golpe el 8 de diciembre.
Como siempre para esa fecha, Santa Cruz se llena de files que acuden, en mayor número que lo habitual, a la misa por el día de la Virgen Inmaculada. Es una fecha especial. También lo fue para los familiares de los desaparecidos que trabajaban para publicar la solicitada con sus firmas.
Aquella sería la última jornada para la recolección del dinero que el diario exigía¸ y más de medio centenar de hombres y mujeres se reunieron para sumar sus aportes. Tanta cantidad de gente hizo que los curas decidieran abrir una sala especial para aquel encuentro. Entre ellos estaba Alfredo Astiz, alias Gustavo Niño, cuyo “nombre” aparecería por error dos veces en la lista de firmantes de la solicitada.
Afuera, en varios coches que estacionaron en doble fila, los integrantes del GT 3.3.2 se aprestaban para el operativo secuestro, a cargo del teniente Raúl Scheller, alias Pingüino.
La reunión fue breve y concreta. No había mucho que charlar más que lo necesario para hacer las cuentas y entregar las últimas firmas recogidas durante la semana. Concluida esa tarea, los participantes comenzaron a salir en grupos pequeños.
Una de las primeras detenidas fue Esther de Careaga. Llevaba catorce mil pesos destinados a pagar la solicitada. María del Rosario observó el momento en que la agarran del brazo y la llevan arrastrando hacia uno de los coches. Era el comienzo del operativo.
“Recuerdo que yo iba del brazo con Mary Ponce-rememora María del Rosario- y de repente se nos vienen unos tipos encima. A mí me empujan y me sacan del brazo a Mary. Yo gritaba, no entendía nada, preguntaba `por qué, por qué ´, y ellos diciendo `es un operativo por drogas´”.
Los detenidos fueron muchos, pero en ese momento reinaba el caos y nadie estaba totalmente seguro de la cantidad. De la reunión había participado Gustavo Niño, quien se retiró antes de que concluyera, alegando que ese día estaba apurado; tanto a Ketty como a Quita les había estado preguntando con insistencia sobre Azucena. Se lo vio contrariado cuando le dijeron que ella ese día no vendría. Alguien, además, observó que se había despedida de un grupo de gente con un beso: era la señal para que el grupo operativo identificara a sus víctimas. 
El padre Fred Richard acababa de dar misa y, en ese momento, sintió los gritos en la calle. Entró por un corredor, que va de la iglesia hacia la parroquia, donde se había reunido la gente. Entonces vio un grupo de personas totalmente fuera de sí, algunos se abrazaban entre ellos y otros se agarraban la cabeza. Él no podía todavía comprender lo que estaba sucediendo. “Había un revuelo tremendo- sostuvo al memorar los hechos varios años después-. Lo que más me impresionó es que había unos chiquitos llorando que, luego, me enteré que eran los hijos de Ángela, una de las secuestradas, que habían quedado solos. Yo traté de encargarme de ellos y de calmar a un hombre que sufría una crisis de nervios”.
Más tarde, Richard fue hasta la comisaria 20 para tratar de averiguar algo y, eventualmente, hacer la denuncia. Allí dijeron que ellos “no tenían nada que ver”, pero que investigaría.
María del Rosario estaba desesperada. Quería hacer algo, pero no sabía realmente qué. Entonces decidió ir a la casa de Emilio Mignone. Allí se reunía otro grupo de trabajo por la solicitada. La noticia les cayó como una bomba. Pero Mignone trató de poner algo de calma. Lo primero que decidieron fue hacer la lista de las personas que estaban seguros habían sido detenidas. Ese trabajo continuaría por varios días. En realidad, ya en aquella nefasta jornada tenían en claro la nómina completa de los secuestrados, cada uno de los que lograron escapar ayudó a identificarlos. Eran Esther Ballestrino de Careaga, María Eugenia Ponce de Bianco, Alice Domon, Raquel Bulit, Patricia Oviedo, Ángela Aguad de Genovés, Gabriel Horacio Horane. Tenían una sola duda: nadie había visto que se llevaran a Gustavo Niño, pero él dejó de aparecer en las reuniones a las que solía ir.
El horror creció cuando se enteraron de que el operativo de Santa Cruz no había sido el único de esa jornada y que, al día siguiente, el 9, se habían realizado otros. El primer objetivo, anterior al del grupo de la iglesia, fue la casa de Remo Berardo o, mejor dicho, el propio Remo. En la operación intervino directamente Astiz y la colaboradora Silvia Labayrú. Esos secuestros fueron seguidos de un operativo en la intersección de la avenida Belgrano con Paseo Colón, donde se había establecido otra cita para la recolección de firmas y dinero, y a la cual concurrieron Horacio Elbert y José Fondevilla. Al día siguiente, también detuvieron a la monja de nacionalidad francesa Léonie Duquet, compañera de habitación de Alice.  En total eran once las víctimas. Y todavía faltaba una.

Ganar una batalla

“¿Te fijaste en el diario?”, preguntó Azucena. “No- le contestó Ketty-. Ahora pensaba para salir para comprarlo. “Yo también voy ahora. ¿Te enteraste lo de Santa Cruz?” “¡Como no me voy a enterar si yo estaba ahí!”, se exalto Ketty. “¡Qué barbaridad! Es terrible, pero tenemos que seguir”, le dijo Azucena.
Azucena colgó el teléfono luego de despedirse de Ketty y avisó a su casa que saldría unos minutos. Ella se había acostado tarde, pero igual esa mañana se levantó temprano y se la vio menos angustiada que el día anterior. Antes de limpiar y arreglar la casa, salió a hacer algunas compras. Ya hacía un año y medio que su rutina domestica había cambiado rotundamente, y ahora las antiguas tareas se mezclaban con las nuevas, la de esa militancia no deseada, pero sí elegida frente a las terribles circunstancias. Y ese día las compras incluían parte de los frutos de su lucha más denodada de ese tiempo: el periódico, donde aparecería la solicitada con la firma de las Madres y otros familiares desaparecido. Allí estaba, en la página 19 del diario La Nación el texto que ella misma, Azucena, había escrito.
En centenares de casos distintos, cada familiar y cada  madre repitió esa emoción. “Yo no sé cómo se siente uno cuando gana una batalla, pero era un triunfo”, dice María del Rosario cuando recuerda aquella ocasión en que vio los tres cuartos de página de la solicitada. “Alrededor de una no había cambiado nada, pero la solicitada era un afianzamiento de la lucha. Para la gente, en general, no había pasado nada. En cambio en la gente recién lo noté cuando empezaron a ver los cadáveres por televisión. Ahí si empecé a ver gente que antes no me saludaba y que después me empezó a saludar cordialmente como diciendo ´pobre mujer, es cierto lo que le pasó ´. Pero con la solicitada no. Además, las solicitadas las sacábamos en La Prensa o La Nación. ¿ Qué gente de barrio lee La Prensa o La Nación. Si hubiesen salido en Clarín…, pero Clarín no las sacaba”, recuerda María del Rosario.
Muchos llamaron por teléfono a otros familiares para comentar la aparición y celebrar. Era hora de poder celebrar algo. La propia Azucena llamó a varias Madres, entre otras a Neuhaus, a quien le dijo que, sin embargo, el ejemplar que ella tenía en sus manos tenía defectos de impresión y saldría enseguida a comprar otro.
Le preguntó a su hija Cecilia qué quería almorzar y salió con la bolsa de las compras de su casa en la calle Cramer 117, en la localidad bonaerense de Sarandí, el mismo domicilio que había escrito decenas de veces, al pie de algunas de las cartas que las Madres enviaban a políticos o diplomáticos, con la esperanza, inútil, de que alguna vez les respondieran. Esta vez tampoco llegó a cumplir su objetivo. El Grupo de Tareas 3.3.2 de la Armada había decidido otro destino para Azucena Villaflor De Vicenti ese sábado 10 de diciembre de 1977.




Ambos escritos pertenecen al libro La Rebelión de las Madres de Ulises Gorini Tomo I

jueves, 1 de diciembre de 2011

David Viñas

   
1892


Matar era fácil, "Pero no así, no", reflexionó Brun con impaciencia y se pegó unos fustazos en los borceguíes: a él le correspondía esperar ahí, sentado en el fondo del cañadón mientras Gorbea y sus hombres cazaban del otro lado de esa loma. Pero ya estaba harto de esperar y se había atado el cabestro de su caballo en un pie. Por lo menos, quería estar cómodo, aunque con cada disparo que se escuchaba, el animal se estremecía, sacudía la cabeza y pegaba un tirón del cabestro. Podía ser por los disparos ­calculó sin precisión­ o por algún tábano que lo estuviera mortificando. "Pero no, no", volvió a refexionar. Su irritación lo obligaba a ser preciso: no era por los tábanos que su caballo se sacudía así ni se mataba de esa manera.
 Y a causa de eso había discutido con Gorbea antes de que saliera a cazar.


"­No, no..." ­le había dicho como si lo fatigara discutir sobre la mejor manera de cazar indios­. "No estoy de acuerdo con usted."

"­¿No? ­Gorbea se había sonreído blandamente–. "¿Por qué?"

"­Porque es mucho mejor hacer un rodeo."

"­¿Como si fueran guanacos?"

"­Como si fueran guanacos o cualquier cosa ­había asegurado Brun­. Lo importante es amontonarlos ."

"­Comprendo... comprendo..." ­Gorbea se sobaba los brazos, él se irritaba­. "Es que usted está acostumbrado a organizar palizas con los lobos" ­dijo­. "Por eso prefiere un rodeo..."

Pero lobos marinos o guanacos o lo que fuera, pensaba Brun con un malestar inseguro, era mucho mejor rodearlos y hacer un montón para ir arrimándolos hacia la costa.

"­Y no andar cazando al ojeo, de a uno..." ­había dicho.

"­Un tirito aquí y otro tirito allá ¿eso es lo que le molesta?"

"­No, Gorbea. Entiéndame: es el tiempo que se pierde.

­"No es para tanto..."

"­¡Sí que es para tanto! Porque como usted quiere hacer, lleva demasido tiempo y es peligroso.

­"¿Peligroso?" ­Gorbea no se dejaba convencer con esas cosas, era terco con lo que alguna vez le había salido bien­. "Pero si a la gente le gusta, se divierte."

"­Pero ¿nosotros venimos aquí a divertirnos o a qué?" ­por un instante, Brun había creído que Gorbea le iba a decir que lo entendía y que no se irritara porque tenía razón, pero Gorbea apenas si le había repetido:
"­A la gente le gusta, Brun" ­después había montado en su yegua y había trotado hacia la loma cubierta por los pequeños cráteres de esos nidos. Allí lo esperaban Bianchi y el manco Bond adormilados arriba de sus caballos. Esos eran nidos de patos shacks, cientos de nidos de barro y paja que cubrían la loma amarilla, y los caballos de Bianchi y del manco Bond habían tenido que avanzar a los saltos; la yegua de Gorbea, no, porque ese animal ancho los sorteó haciendo eses.

"­A la gente le gusta, Brun." Gorbea había aludido de esa manera a Bianchi y a Bond. Ésa era su gente. Y los tres habían desaparecido detrás de una loma. Y cada vez que sonaban los disparos allá al fondo, se oía un aleteo y una nube de patos shacks ascendía, temblaba un momento a unos metros del suelo y se volvía a asentar suavemente."­A Ia gente le gusta, Brun", había repetido Gorbea antes de salir a cazar.

Brun estiró las piernas, bostezó y volvió a sacudirse los borceguíes con la fusta: hacía más de una hora que esperaba allí sentado, y no sólo se había sacudido los borceguíes hasta que le dolieron las pantorrillas sino que también se había arrancado las costras de barro de las suelas. Hasta había tenido tiempo para castigar reflexivamente dos toscas que había elegido: una que parecía un cigarro "Avanti", con el mismo color y la misma forma, y otra que no era nada mas que una bolita y que rodaba entre sus pies.
De vez en cuando se marcaba un largo silencio después de esos "¡crann!" que retumbaban del otro lado de la loma donde se extendían los nidales de los patos shacks. Cada sicencio no era un descanso donde él se pudiera tumbar sobre la espalda dejando que el sol le calentara la ropa. Él sabía que cada silencio era una pausa. Nada más. Más largo el silencio, mejor puntería, más certero el tiro. Apretar los dientes, no respirar y que el índice de las carabinas quedara sobre algun pecho. O, no. Mejor sobre algún vientre. Porque matar era como violar a alguien. Algo bueno. Y hasta gustaba: había que correr, se podía gritar, se sudaba y después se sentía hambre. Y esa especie de polvareda temblorosa que con cada estampido se levantaba unos metros del suelo y se volvía a achatar sobre la loma, podía ser una manga de langostas. Es decir: una nube que se estremece por dentro y se desplaza oscureciéndose por partes, como una gigantesca madrépora.
Los disparos continuaban, cada vez más espaciados, seguramente mas certeros. ¡Craann! Sobre los nidos de patos shacks. ¡Craann! Brun seguía repasando su diálogo con Gorbea mientras esperaba: tenía que repetírselo mentalmente hasta que lo ganara. "­¡Pero venimos a divertirnos o a qué?, había preguntado él. "­ A la gente le gusta" era lo ultimo que le había respondido Gorbea. ¡Craann! Y la nube de patos, que chillaban como miles de langostas que se estuvieran devorando entre sí, se inflaba y después se sosegaba blandamente sobre el campo y sobre los diminutos cráteres de sus nidos. ¡Craann! El tiempo pasaba. Más de una hora. Casi dos y todo porque Gorbea no Ie había hecho caso. El viento soplaba del lado del mar pero no levantaba polvo en esa loma negra y muerta, rayada por miles de grietas. ¡Craann! Era allá, al fondo del campo donde estaban cazando. Brun no había dicho que no quería participar. Ni eso ni otra cosa. Solamente se había sentado en el suelo mientras la yegua de Gorbea trotaba en dirección a los dos hombres que lo estaban esperando. Que Gorbea hiciera lo que le pareciese mejor, al fin de cuentas era él quien se ocupaba de cazar. Brun lo había mirado alejarse calculando vagamente que el balanceo de las ancas de la yegua bien podía ser del trasero de Gorbea.
"­A la gente le gusta, Brun." Y en ese momento estarían galopando por encima de esos nidos diseminados uno al lado del otro, iguales a las raíces de un monte que acabaran de talar. ¡Craann! Talar un monte a la altura de las raíces y dejar todo ese espacio despejado. ¡Craann! Lo que molestara tenía que ser eliminado. Que toda esa tierra quedara limpia, bien lisa para empezar a trabajar. De eso se trataba. Los disparos se habían espaciado. También se alejaban. Ya estarían, por Punta Loyola, pensó Brun.
Un grupo de patos se había desprendido del resto y revoloteaba por encima de su cabeza. Cuando planeaban bajo se les veía la panza violeta. Ya estarían por Punta Loyola, volvió a calcular Brun. Esta vez con mayor nitidez. Y faltaria poco. Había depositado la fusta entre las piernas y amasaba sus dos piedras, la alargada y la redonda, y fugazmente estableció que la redonda le gustaba más, hasta se la podía meter en el bolsillo y llevársela para ponerla en algún lado. Arriba de una repisa o bien para apretar papeles. Para algo serviría. ¡Craann! Seguramente Gorbea, Bianchi y el manco Bond estarían correteando por la playa de Punta Loyola. Ya ni bajarían de sus caballos para esperar, porque los disparos se escuchaban uno después del otro. Tirarían desde arriba de los caballos nomás. Una cabalgata, a todo lo que dieran, Gorbea, Bianchi y el manco Bond. ¡Craann... craann... ! Y no era el eco. Qué iba a ser.
La nube de patos daba vueltas y vueltas por encima de sus nidos. Ya no se asentaban. Parecían atolondrados y soltaban unos graznidos metálicos y seguramente ­presintió Brun­ empezarían a roerse entre ellos como insectos. Entonces sacó su Malinchester y apuntó hacia arriba. ¡Aaanc! El estampido fue al lado de su oreja y el caballo pegó un tirón del cabestro. Nada. La nube de patos seguía cerniéndose sobre su cabeza. Había errado y eso era una idiotez. Tan idiota, como que Gorbea hubiera dicho: "­Un tirito aquí y otro tirito allá" se precisó Brun y volvió a disparar la Malinchester: ¡Aaanc!. Esta vez los ojos de su caballo se agrandnron como si lo hubieran injuriado. Y cuando Brun descubrió el cuerpo de ese pato que se había desplomado sobre la tierra, a unos metros de sus pies, se sintió decepcionado: su buena puntería no lo entasiasmaba y Gorbea ni ninguno de sus acompañantes le importaban un bledo. Ya terminarían ésos de cualquier manera, estarían correteando por la playa como si persiguieran a guanacos o a lobos marinos en una veloz y despiadada cacería. 0 a animales que vivían y corrían y se largaban a gemir cuando los golpeaban, y que no se escondían, sino que atropellaban con todo su terror, aullando con las bocas abiertas, húmedas. No como si tuvieran miedo a morir, sino a morir delante del manco Bond, por ejemplo. Miedo para gritar por lo que les iban a hacer después de morir. Era eso. "El manco Bond", pensó Brun. Era famoso en toda esa parte de la Patagonia. Bond. Y cuando esos animales ­o lo que fuera­ caían, él los golpeaba hasta que agachaban la cabeza, no miraban más y quedaban completamente oscurecidos como su propia piel.
Brun tenía que seguir esperando. Allí, sentado al pie de su caballo, en el fondo de ese cañadón completamente desierto y liso como el cañón empavonado de su Malinchester. Pero la pistola además estaba caliente. Claro que sí, como los cuerpos de los animales o de los indios después de una cacería: cuando estaban por morirse roncaban como si solamente les doliera alguna parte del cuerpo. Los lobos marinos tenían una piel lisa y suave, los guanacos una piel peluda y suave, y una concesión de tierra se conseguía tranquilamente con que la solicitara uno cualquiera: algún cuñado o mejor, un peón al que alguna vez se le había vendido algo. Primero había que pedirla: todo era cuestión de presentar uno de esos formularios del Gobierno. Después había que limpiarla. ¡Craann! Allá abajo seguían cazando. Ya estarían por terminar, pensó Brun sin ninguna certeza. Era un cálculo, simplemente, porque lo lógico era que tardaran mucho más. La nube de patos shacks se había desinflado sobre sus nidos como una enorme víscera. Nada. Ni un latido a lo largo de ese cañadón. Y del otro lado de la loma estaba el mar, y el viento soplaba a ras de tierra, como si se arrastrara. Las nubes permanecían inmóviles y a él le ardían los ojos. ¡Craann! Los disparos se habían ido espaciando. Seguramente habría quedado algún cuerpo enhorquetado en uno de esos nidos. Un cuerpo de indio echado hacia atrás, con una mancha negrusca entre los muslos, pensó con malestar.
Hubo un largo silencio y después no se oyeron más disparos. Entonces guardó silenciosamente su Malinchester toqueteándola varias veces para comprobar si estaba bien, Si colgaba bien. Buen cinto, buena cartuchera.
Por fin, sobre la loma de los nidos apareció Gorbea con su gente, pero al llegar al filo del cañadón, el grupo de hombres se paró. El único que siguió avanzando fue Gorbea. "Demasisdo rápido", pensó Brun. Estaba harto de esperar, pero una mayor espera lo hubiera ratificado y Gorbea traía una bolsa que se sacudía contra el flanco de su yegua. Entonces Brun se fue desatando del pie el cabestro de su caballo.

­-¡Ya está! ­anunció Gorbea desde lejos iniciando un trote cachaciento que concluyó en seguida­. ¡Ya está! ­repitió más fuerte y dio unas palmadas sobre su cabalgadura. Por un mornento, Brun creyó que era para apurar su marcha, pero no­. ¡Ya está! ­Gorbea señalaba la bolsa que se bamboleaba pesadamente contra su estribo.

 ­¡Sí!

­¿Mucho trabajo? ­Brun hablaba desde el suelo, con un aire de incredulidad, haciendo y deshaciendo Un nudo con la punta del cabestro.

­No ­jadeó Gorbea­. Fue fácil. Muy fácil.

­¿Cazaron al ojeo?
­Y, un tirito aquí y otro tirito allá.

­pero... por la playa corrieron ¿no?

­Un poco. Pero no perdimos nada de tiempo.

­¿Así?

­Sí -Gorbea estaba orgulloso de su éxito, pero se reía cubriéndose la boca, como si incomprensiblemente temiera que lo escucharan los que se habían quedado en la loma­ Y eso que es un maturrango este Bianchi ­le secreteó a Brun.

­¿Qué? ¿Pegó una rodada?

¡Y cuándo no! Siempre se cae: la vez pasada... Cuando fuimos hasta la frontera y cuando lo del río... siempre.

¿Se hizo algo? ­Brun no estaba preocupado, sino que quería saber todo lo que no había visto lo que le hubiera podido resultar un contratiempo a Gorbea.

­No...¡Qué se va a hacer! ­la risa de Gorbea era ahora incon, jadeaba y re reía y se secaba la frente­. !Si se cayó de cabeza¡

Menos mal ­murmuró Brun sin entusiasmo.
­Sí ­Gorbea todavía hablaba entre jadeos doblado sobre el borren de su montura­. Menos mal... ­admitió pasandose la mano por la frente. Parecía satisfecho con su sudor, con su cara enrojecida y con el calor de su cuerpo­ ¿A usted no le gusta ver, eh? ­preguntó bruscamente.
 ­No ­vaciló Brun­. Yo prefiero...­presintió que Gorbea esperaba que le dijera "­Yo no sirvo para eso" o "­Usted es el que hace lo más bravo del trabajo". Y que eso lo tendría que decir humildemente, sin titubear, justicieramente. También sospechó que le correspondía excusarse por haberse quedado allí, sentado en el suelo, esperando, mientras los demás faenaban. Pero, no. El viento había empezado a soplar duramente, había que entornar los párpados para hablar y él tenía el sol de frente. El viento le raspaba las mejillas y ese sol morado en los bordes lo enceguecía. Había que apurarse.

­¿Y la gente? ­-preguntó; allá al fondo esperaban Bianchi y el manco Bond y parecían, contener a sus caballos

­Conforme ­comunicó Gorbea
­¿En serio?
­¿No le digo que sí?

­Pero . ¿Bond no protestó? ­Brun se había puesto pie, había recogido su fusta y se sacudía los fundillos­ Como siempre pide más.
­¿Bon? ¡Qué va a protestar!
­Y, como está acostumbrado a entregar orejas...
­Ese es un tramposo. Por eso.
-Pero sirve ­Brun lo miró a Gorbea en la cara­. ¿O no?
­Sí que sirve . . . ¡Vaya si sirve! Pero a mi no me arregla asi nomás ­aseguró Gorbea­. A mi, Bond o la mona, me demuestran lo que han hecho, pero bien demostrado. Nada de mojigangas. Conmigo, si quieren cobrar me traen de esto...­Gorbea se había incorporado sobre su montura y se ponía la mano sobre el sexo­. ¡De esto! ­repitió, después, con cierta ternura tomó el borde de la bolsa que colgaba sobre el flanco de su yegua y la abrió­. ¿Ve? ­mostró­. ¡Todos pagados! y uno por uno... Y nadie protestó. Ni Bond ni nadie.
­¿Pagó mucho? ­preguntó Brun manteniéndose apartado de esa bolsa.
­¡No, qué voy a pagar!­Gorbea estaba entusiamado, ya no se secaba el sudor, pero su cara seguía igualmente enrojecida­. Pagué lo que correspondía, ni medio chelín de más. .­sacudió la bolsa y por la boca de la arpillera fueron rodando esos muñones sanguinolentos.
"Parecidos a cebollas", calculó Brun.
­¿Vio que no era necesario hacer un rodeo? ­seguía Gorbea.
 ­Sí ­reconoció Brun­. No era necesario.
 Pero el tono triunfal de Gorbea no se aplacaba:
 ­Yo tenía razón, ¿eh?
 ­Sí...
 ­¿Vio? Y eso que usted nunca me lo quiere reconocer.
 ­Sí, si...­dijo Brun.
 ­Pero es que si a la gente le gusta, hay que dejarla que se dé el gusto

en Los Dueños de la Tierra publicado en 1958

jueves, 24 de noviembre de 2011

Dia Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer


Minerva, Patria y Maria Teresa Mirabal fueron asesinadas el 25 de noviembre de 1960 bajo la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo en Republica Dominicana.
Criadas para ser madres y religiosas, las “Mariposas” como se hacían llamar, comenzaron a descubrir que “El Jefe” llego al poder de una manera poco decente, que torturaba y mataba gente y que le gustaba coquetear con niñas.
Este descubrimiento las hizo involucrarse activamente en el movimiento opositor al
régimen.
A partir de su coraje por la libertad política de su país, lo que les costó la persecución encierro y muerte, se conmemora esa fecha el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Su historia fue recreada en el libro En el tiempo de las Mariposas de Julia Alvarez, compartimos un fragmento donde a partir del relato de Dedé, hermana de las Mirabal, la autora reconstruye el momento del asesinato.

En el tiempo de las Mariposas
de Julia Álvarez
Fragmento del Epílogo


Patria, Minerva y Maria Teresa Mirabal
Al parecer, salieron del pueblo a las cuatro y media, pues el camión que los precedía montaña arriba marcó el reloj al salir del edificio de Obras Públicas local a las cuatro  y treinta y cinco. Hicieron una parada en un pequeño establecimiento junto al camino. Estaban preocupadas por algo, dijo el propietario, aunque no sabia qué. La mas alta iba y venia al teléfono, y hablaba mucho.
El propietario había pedido mucho cuando me contó todo esto. No se movia de su silla, y su mujer se secaba los ojos cada vez que su marido decía algo. Me informo lo que había ordenado cada una. Dijo que quizá yo quería saberlo. Dijo que a último momento, la bonita, la de trenzas, decidió comprar chicles de tres clases: canela, amarillos y verdes. Buscó en el frasco, pero no encontró ninguno con el envoltorio color canela. Nunca se perdonara por no haberlo encontrado. Su mujer lloraba por las pequeñas cosas que podrian haber hecho felices esos últimos momentos. El sentimentalismo era excesivo, pero yo escuche su relato, y les agradeci por haber ido.
Parece que al principio el jeep seguía al camión en la subida. Luego, cuando el camión aminoró la marcha, el jeep lo pasó, aceleró, y después de una curva ya no lo vieron más. Luego el camión llegó al lugar de la emboscada. Un Austin azul y blanco bloqueaba la parte del camino; el jeep se vio obligado a parar; las mujeres fueron conducidas pacíficamente, según dijo el camionero, pacíficamente hasta el auto. Tuvo que frenar para no atropellarlas y fue entonces cuando una de las mujeres-creo que debe haber sido Patria, la mas baja y gordita- se zafo de sus captores y corrió hacia el cambio. Se colgó de la puerta gritando: ¡ Diganle a la familia Mirabal de Salcedo que los caliés van a matarnos!”. Detrás de ella fue uno de los hombres, le aparto la mano de la puerta y la arrastro al auto.
Parece que no bien el camionero oyó la palabra “calié”, cerró la puerta que había empezado a abrir. Siguiendo las señas que uno de los hombres le hacia con la mano, pasó junto a los autos. Yo tenia ganas de preguntarle: “¿Por qué no se detuvo a ayudarlos?” Pero por supuesto, no se lo pregunte. Aun asi, él vio la pregunta en mis ojos, y agacho la cabeza.
Mas de un año después de la ida de Trujillo, todo salió a la luz en el juicio a los asesinos. Pero aun entonces hubo varias versiones. Cada uno de los cinco asesinos decía que los otros se habían ocupado del asesinato. Uno dijo que él no había matado a nadie. Había llevado a los muchachas a la mansión de La Cumbre, donde El Jefe las había matado.
El jucio salió por TV el dia enterio durante casi un mes
Tres de los asesinos por ultimo reconocieron que cada uno de ellos había matado a una de las hermanas Mirabal. Otro mató a Rufino, el chófer. El quinto se quedó en un costado del camino para avisar a los demás si venia alguien.
Al principio todos trataron de decir que eran ese hombre, el de las manos más limpias.
Yo no quería oir como lo hicieron. Vi las marcas en la garganta de Minerva, y las huellas en el pálido cuello de Mate, claras como el agua. Tambien las golpearon con la culata de sus armas: lo vi cuando les corte el pelo. Se aseguraron de que estuvieran bien muertas. Pero no creo que violaran a mi hermanas, no. Lo constaté lo mejor que pude. Creo que es prudente decir que en ese sentido se comportaron como caballeros asesinos.
(…)
La noche anterior no pegué un ojo. Jaime David estaba enfermo y se despertaba a cada rato, por la fiebre; quería agua. Pero no era él el que no me dejaba dormir. Cada vez que gritaba, yo ya estaba despierta. Por fin Sali a esta galería y espere el amanecer, hamacándome como si con eso fuera a traer el dia. Preocupada por mi hijo, pensaba.
Y luego una suave vislumbre se esparció por el cielo. Escuche los arcos de la mecedora haciendo triquitraque sobre las baldosas, el gallo único que cacareaba, y, a lo lejos, el sonido de los cascos de caballos que se iban acercando. Corrí por la galería hasta el frente de casa. Y , si: aquí estaba el peoncito de mamá que llegaba galopando en su mula, con las piernas colgado hasta el suelo. Es gracioso lo que uno recuerda. No un mensajero que aparece en esa hora espectral del alba, cuando el rocío todavía esta espeso sobre el pasto. No. Lo que mas me sorpredio fue que hiciera galopar esa mula testaruda.
El muchacho no se molestó en desmontar. Dijo:
-Doña Dedé, su madre quiere que vaya ahora, en seguida.
Ni siquiera le pregunte por qué. ¿Ya lo adivinaba? Corrí a la casa, entré en el dormitorio, abri el ropero, saqué mi vestido negro de la percha, descosiendo la manga derecha y despertando a Jaimito con mi llanto lastimero.
Cuando Jaimito y yo entramos en el sendero, vimos a mamá y a los niños que salían corriendo de la casa. No pensé: “las chicas”. No, pensé “hay un incendio”, y empecé a contar para cercionarme de que no quedaba nadie adentro.
(…)
Y entonces oimos un auto que se acerca. Por la celosía donde espiábamos reconozco al hombre que reparte los telegramas. Le digo a mi mamá que espera allí, que yo iré a ver qué quiere. Voy en seguida, para evitar que se acerque más a la casa, pues ahora hemos logrado calmar a los niños.
-Hemos estado llamando. No podemos comunicarnos. El teléfono debe de estar descolgado, o algo así.- Está haciendo tiempo, me doy cuenta. Por fin me entrega el sobrecito con una ventallina transparente, y luego me da la espalada, porque no se puede ver llorar a un hombre.
Lo rompo para abrirlo, saco la hoja amarilla, leo cada palabra.
Vuelvo tan despacio a la casa que no sé cómo llego.
Mamá sale a la puerta, y le digo, mamá, la valija no es necesaria.