jueves, 5 de mayo de 2011

Carlos Mugica

En épocas en las que la Iglesia era cómplice de los gobiernos de censura y tortura, hubo sacerdotes que se proclamaron al lado del pueblo, pisando el mismo barro, levantando las mismas banderas de resistencia, caminando adelante y a su paso en cada lucha.
Carlos Mugica fue uno de ellos. Durante los años 60 y los 70 y junto con otros curas que integraban el Movimiento de Sacerdotes para el tercer mundo, predicó a un Cristo que vino al mundo con un mensaje de liberación, nunca de sometimiento.
El 11 de mayo de 1974 fue asesinado por la Triple A luego de dar misa.
Pero su palabra llego a tantos que permanece viva, en cada sacerdote verdaderamente comprometido con su misión y en el corazón de todo un pueblo.

Los católicos y el Socialismo
por Carlos Mugica

¿Qué sentido puede tener, desde la fe, la opción por el socialismo?
En primer lugar, ¿por qué hoy nosotros, cristianos, estamos hablando o criticando al socialismo? Porque los cristianos hemos comprendido que el único mandamiento que nos dejó Jesús —porque los Diez Mandamientos los dejó Dios en el Antiguo Testamento— es este: “Yo les doy un nuevo mandamiento, que se amen unos a otros como yo los he amado.” Y tiene dos dimensiones. Una de amor personal absolutamente irrenunciable y una dimensión colectiva o estructural del amor. Y por eso hoy los cristianos nos preocupamos por la política, por la acción tendiente a cambiar el mundo.
El Papa, en su último gran documento, la Octogessima Adveniens dice: “Dirigimos a todos los cristianos de manera apremiante un llamado a la acción…” Y no hace distingos entre curas, laicos y religiosos, sino cristianos en general. Y cuando da un ejemplo de compromiso actual de un cristiano, habla de los curas obreros…
Dice: “Los laicos deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal”. No dice pueden asumir. Deben asumir. Es una exigencia de la vida cristiana.
Y agrega el Papa: “Si la función de la Jerarquía es la de enseñar a interpretar auténticamente los principios morales a seguir en este campo, pertenece a los laicos mediante sus iniciativas, y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la cual viven.”
Todos sabemos qué necesitan las estructuras en las que vivimos: ser penetradas de espíritu cristiano. Para dar un solo ejemplo: esta sociedad es una sociedad corrompida, inmoral y pecaminosa. Solo en la Capital Federal hay 120.000 departamentos vacíos hechos para los oligarcas y hay 1.500.000 personas que viven en ranchos, conventillos y villas miserias del cinturón de Buenos Aires. En esta sociedad un hombre difícilmente junta 100.000 pesos para vivir, pero un yanqui se los gasta en unas horas de Sheraton.
Como punto de partida para esta reflexión sobre el socialismo, tomaremos el documento “Justicia”, del Episcopado argentino, en el que se muestra el cambio fundamental de mentalidad, que hoy tenemos que hacer los cristianos, porque si no, no entendemos nada de lo que debe ser nuestro compromiso, ni entendemos nada de lo que hoy significa evangelizar.
Los obispos dicen: “Afirmamos que la virtud de la justicia se encarna en la vida entera de la sociedad. No basta, por lo tanto, darle a cada cual lo suyo en un plano meramente individual”. Ya esto lo había dicho Pablo VI en la Populorum Progressio cuando afirma que no se trata de que los individuos ricos ayuden a los individuos pobres, sino que se trata de que los pobres dejen de ser pobres. Y hasta ahora, para que los pobres dejen de ser pobres no se ha inventado otro más que este sistema: que los ricos dejen de ser ricos. Hay que ayudarlos a los ricos a liberarse de esas riquezas que los oprimen y que los llevan hacia el camino del infierno. El pastor Hermas, habla de qué aprecio tenían por los ricos los primeros cristianos en el siglo II, y dice lo siguiente: “Al modo como la piedra redonda, si no se la labra y recorta no puede volverse cuadrada, así los que gozan de riquezas en este mundo, si no se les recortan las riquezas no pueden volverse útiles a Dios.” Jesucristo lo dice claramente: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos.” Algunos curas dicen que esto hay que entenderlo en sentido espiritual… Decir esto hoy es pecado, es ablandar o achicar el Evangelio para no tener problemas con los ricos.
Dice además el pastor Hermas: “Por ti mismo ante todo, puedes darte cuenta de que cuando eras rico eras inútil, ahora en cambio eres pobre y eres útil y provechoso para la vida.” Por eso es necesario un proceso revolucionario en nuestra Patria, que ya ha comenzado, no sólo para que los pobres puedan recuperar los bienes que les han robado y puedan vivir dignamente, sino también para redimir a los ricos de su ancestral estupidez.
Siguen diciendo los obispos argentinos: “El pecado se da siempre en el interior del hombre.” Esto es fundamental, pues por más que hagamos un cambio radical de estructuras, si no matamos al policía que tenemos adentro, como decían los estudiantes franceses, seremos los nuevos opresores. No basta, por lo tanto, con
el cambio estructural, pero no basta tampoco con el cambio personal, porque todo ser humano está estructurado. Por eso, los obispos proponen un concepto revolucionario del pecado (claro que lo revolucionario en la Iglesia, después de 2.000 años de vida, es volver a la auténtica tradición), y dicen: “El pecado se da siempre en el interior del hombre, que por su libertad es capaz de rechazar el amor e instalar la injusticia.” Es una definición de pecado que hasta los no creyentes pueden entender. Y aquí viene la renovación: “Pero del corazón del hombre, el pecado pasa a sus actividades, a sus instituciones, a las estructuras creadas por el hombre”; y dan un ejemplo muy concreto: “Cuando Dios revela su designio divino como plan para los hombres, la justicia aparece en su pedagogía, no solo como un don divino personal (José, varón justo, por ejemplo), sino como un estado del pueblo, a tal punto que es el pueblo todo quien está en situación de pecado cuando se cometen injusticias, se las consiente o no se las repara.
Hoy los cristianos no podemos rezar el padrenuestro si no hacemos algo eficaz para que disminuya el índice de mortalidad que, en nuestra patria, aumenta día a día. Lo mismo con respecto a las torturas; si yo no estoy haciendo algo para que cesen las torturas, en la medida de mis posibilidades, soy co-torturador de mis hermanos. Esto lo dicen claramente los obispos. Porque quizá no soy un opresor directo que comete la injusticia, pero tal vez la consiento o no la reparo en la medida en que no me comprometo a través de una acción política eficaz para cambiar las estructuras. El compromiso político hoy, no es optativo, es obligatorio para los cristianos en el sentido amplio, en el sentido en que lo define Pablo VI.
Aquí se nos presenta el problema de la sociedad que buscamos como cristianos. En la Biblia hay un caso muy claro: Sodoma y Gomorra. Dios quiere acabar con Sodoma y Gomorra porque en esas ciudades se cometían pecados sexuales contra la naturaleza. ¿Esto qué significa? ¿Qué todos los sodomences eran sodomitas? No. Unos cometían el pecado, otro era el diputado que sacaba la ley de profilaxis, el otro era el que tenía la boite, el otro era el que traía la droga, y el otro el del “no te metas”.
En este contexto debemos plantear el problema de la violencia.
El problema de la violencia no es un problema virginal: “a mí no me gusta la violencia”. Hay que ser un desnaturalizado para estar a favor de la violencia si la opción fuera violencia-no violencía. El problema es que yo no puedo quedarme pasivamente tranquilo ante la situación de terrible violencia institucionalizada que estoy viviendo, porque si lo hago, soy un asesino de mi pueblo que se está muriendo de hambre. Ese es el problema.
Los obispos hacen un diagnóstico de la realidad argentina que, aunque formulado en 1969, todavía es válido: “Comprobamos que a través de un largo proceso histórico que aún hoy tiene vigencia, se ha llegado en nuestro país a una estructuración injusta…” No dicen a un gobierno injusto, hay que sacar a este militar y poner a este otro, no, es una estructuración injusta, es un sistema injusto…” y la liberación deberá realizarse en todos los sectores en los cuales hay opresión”. En el jurídico y el político, en el cultural, en el económico y en social. Al aspecto jurídico (ley anticomunista, Código Civil) ya me he referido en los artículos anteriores.
En el orden político, ni hablar, pues además de que se está cocinando el asunto del caballo del comisario, todos sabemos que cuando hay una auténtica manifestación popular se la reprime. Y que evidentemente se hace lo imposible para que el pueblo no gobierne a través de los suyos.
En el orden económico y social (y esto toca directamente al problema del socialismo), dicen los obispos que debe lucharse por la liberación por lo siguiente”:
1º Porque vivimos en un sistema capitalista, en el cual el motor fundamental es el lucro. El lucro es “el” motivo de este sistema económico. Y todos sabemos lo que Jesucristo dice del lucro en el Evangelio. A la riqueza la llama mamonna de la iniquidad, y tiene unos cuantos “¡Ay de vosotros los ricos!” Hoy hasta el predicador más comprometido resulta blandito al lado de lo que decía de los ricos Jesús.
En el capítulo quinto de la carta de Santiago, se hacen algunas recomendaciones a los ricos que pueden tener actualidad. Dice Santiago: “Y vosotros, los ricos, llorad a gritos por las desventuras que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida, vuestros vestidos consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata comidos por el orín, y el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestras carnes con el fuego…”. Quien habla así, es un obispo, uno de !os discípulos del Señor que nos dijo “que seamos mansos y humildes de corazón” como El, pero que no seamos hipócritas, que prediquemos la verdad. “…Habéis atesorado para los últimos días el jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudados por vosotros claman, y los gritos de los segadores han
llegado a los oídos del Señor de los Ejércitos. Habéis vivido en la molicie sobre la tierra, entregados a los placeres, y habéis cebado vuestros corazones para el día del degüello. Habéis condenado al justo y le habéis dado muerte sin que él se resistiera”. Hace un año y medio, un grupo de sacerdotes hicimos un pequeño acto, un gesto sencillo, delante de la Exposición del Confort, con un cartel que decía: “Confort para pocos y hambre para muchos con una foto aérea de la villa Dorrego, una villa que queda a unas veinte cuadras de la Sociedad Rural donde se hacía la exposición. Nosotros, no solamente desde el Evangelio, desde la enseñanza de Cristo, desde la enseñanza de Pablo VI cuestionábamos una “Exposición del Confort” en un momento en que los pobres cada vez se mueren más de hambre y los ricos cada vez se llenan más los bolsillos sino que cuestionábamos el principio mismo del confort, el principio hedonista. Porque esta sociedad es inmoral, no solamente porque las riquezas se reparten en forma desigual, sino porque el tipo de hombre que propone esta sociedad es un hombre alienado, un hombre inhumano, es el hombre consumidor, el hombre que “tiene”.
Debemos tener mucho cuidado con las pautas que nos dan a través de los medios de difusión. Porque ¿cuáles son esas pautas? “Hay que luchar por el Fiat 600″, si es posible por el 1600, y tal vez escatológicamente en esta vida al Torino. Y el tipo que tiene el Torino, tiene mentalidad de tipo que tiene un Torino, mentalidad de opresor. Y desgraciadamente, esta sociedad, aunque a muchos de sus habitantes solamente les hace oler los bienes (porque no pueden acceder a ellos) nos va presentando como ideal de vida el “tener” cosas, cuando el ideal evangélico es clarísimo. Jesucristo nos dice en el Evangelio, que la vida de un cristiano tiene que ser una vida de servicio a los otros, una vida austera, una vida de una gran libertad con respecto a los bienes, de una gran distancia.
Cuando tuve ocasión de conocer la experiencia cubana, en 1968, realmente vi una vida dura, una vida difícil, por cierto.
Donde ningún adulto puede tomar vino ni leche; pero todo niño menor de 7 años tiene un litro de leche por día. Y uno piensa: muy bien, desde las pautas burguesas resulta difícil y duro, no se puede tomar coca-cola, cerveza ni vino… pero… ¿es necesaria la cocacola para la salvación eterna? Desde las pautas del Evangelio, ¿no está mucho más cerca de él esta sociedad que la que nos presenta cantidad innumerable, lujuriosa de bienes aunque muchos no los puedan ni oler?
En mi artículo “los valores cristianos del peronismo” ya me
he referido y he enumerado las razones por las cuales los obispos condenan a esta sociedad capitalista. Recalcaré lo de “… las migraciones internas y en las racionalizaciones que provocan desocupación e inseguridad…” (Y esta palabra la comenzó a usar Álsogaray en la Argentina, cuando decía: “Hemos racionalizado la administración pública, y hemos eliminado 20.000 agentes…” y esos “agentes” tenían nombre, apellido, mujer e hijos.)
Y la patética pastoral de hace tres años de monseñor De Nevares en la que decía que al recorrer el monte, a caballo, la gente le manifestaba:
“Monseñor, queremos entregar nuestros hijos al Estado, porque no queremos verlos morir de hambre en nuestros brazos.” Y yo me pregunto, ¿qué es peor? ¿Que a mi hijo lo maten de un tiro, o que lo vea languidecer poquito a poco, y lo lleve a un hospital y no me lleven el apunte, y no tenga plata para comprarle los remedios… Porque así se presenta el problema de la violencia. Todos los días se van extinguiendo, van muriendo hermanos nuestros como fruto de la explotación.
De esta reflexión que vengo haciendo resuelta claro que una sociedad montada sobre la base del lucro es una sociedad anticristiana e inmoral y por lo tanto debe ser rechazada.
Entonces tenemos que buscar otro tipo de sociedad y aquí aparece la reflexión sobre la posibilidad de acceder al socialismo. ¿Cuáles son las pautas que debe tener en cuenta un cristiano para saber qué sistema puede adecuarse mejor o no a sus valores? Primero, el Evangelio; segundo, el Magisterio de la Iglesia, y después lo que Juan XXIII llama los signos de los tiempos. Dios nos interpela, nos habla, desde su palabra revelada, desde el Magisterio de la Iglesia, pero también nos hace señas desde todos los hombres que más allá de sus errores buscan y luchan por la verdad. Desde Freud, desde Marx, desde Einstein, desde los movimientos de liberación de los pueblos que quieren vivir una vida digna y creadora.
Pensemos en la comunidad prototípica, la proto-comunidad cristiana, a aquellos hombres en cuyos oídos todavía resonaban las palabras del Señor: ¿Cómo vivían esos hombres? Esto se señala claramente en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Nosotros a veces tenemos ciertas ideas de la propiedad… en general de lo que es el cristianismo, debido a la ignorancia enciclopédica que tenemos de lo que es el Evangelio. Porque si yo fuera marxista
y no hubiera leído ni a Marx, ni a Lenin ni a Guevara, ni a Mao,
¿qué clase de marxista sería? ¿Usted es cristiano? Sí. ¿Leyó a Cristo? Sí, un cachito, los domingos. ¿Leyó a San Pablo? ¿Leyeron las cartas de San Juan? ¿Leyeron los Hechos de los Apóstoles? No. Entonces ustedes ¿qué clase de cristianos son? Son cristianos folklóricos. Y hoy ya no podemos aguantar la problemática del mundo de nuestro tiempo con cuatro verdades clavadas con alfileres. No podemos seguir viviendo de renta: porque mis padres son cristianos, yo también lo soy. Eso ya se acabó. El que hoy no hace una opción adulta por el cristianismo, seguro va a perder la fe, va a quedar marginado del proceso. ¿Qué se dice en el libro de los Hechos?: “Todos los que creían vivían unidos teniendo todos sus bienes en común, vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos según la necesidad de cada uno.” (Cap. 2, 44 ss.)
Dieciocho siglos más tarde, Marx va a pronunciar una frase evangélica, cuando diga: “De cada uno según su capacidad, y a cada uno según su necesidad.” Al decir esto hace una afirmación evangélica.
Se vuelve a decir en el capítulo cuarto de Los Hechos de los Apóstoles: “La muchedumbre de los que habían creído, tenían un solo corazón y una sola alma, y ninguno tenía por propia cosa alguna, antes todo lo tenían en común…” Aquí ni siquiera se habla de bienes de producción, se habla de bienes de uso. Ni siquiera consideraban como propios los bienes de uso. Es evidente que todo ser humano tiene derecho a ser dueño de sus bienes de uso (de sus zapatos), el problema se presenta con los bienes de producción. Y se sigue diciendo en Los Hechos de los Apóstoles: “Los apóstoles atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús, y gozaban todos ellos de gran estima…”.
Y esto es lo interesante, porque atestiguaban la resurrección de Jesús “no había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños de hacienda, o casas, las vendían y llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y a cada uno se le repartía según su necesidad. José, llamado por los apóstoles Bernabé, que significa hijo de la consolación, cuenca que poseía un campo, lo vendió y llevó el precio de lo vendido y lo depositó a los pies de los apóstoles…” Si todos los que en nuestro país nos decimos católicos, fuéramos cristianos, no habría ninguna necesidad de hacer la revolución social. Si todos los que hoy son cristianos pusieran todos sus bienes a los pies de los obispos que, previamente, también pusieran sus bienes al servicio de la comunidad, los bienes de la Iglesia, creo que acá no habría que hacer ninguna revolución social. Pero como enseña muy bien, el padre Congar, hasta ahora no se ha dado ningún caso en la historia de la humanidad, de que sectores ricos se hayan despojado voluntariamente de sus bienes; por eso hay que andarlos a liberarse de esos bienes que los oprimen.
Este texto del libro de Los Hechos de los Apóstoles, es un testimonio directo de la comunidad prototípica; esta comunidad es la comunidad ideal, hacia la cual siempre hay que apuntar. Aquí viene un poco la concepción del hombre nuevo a la que aludió Ortega Peña. El hombre nuevo, que vive en función de servicio a los demás. Uno de los grandes males de nuestra sociedad, de nuestro tiempo, entre otros factores, por la influencia del desarrollismo nefasto, es el economicismo: lo importante es ser eficiente. La formación que se da hoy en nuestras universidades es esa, es una formación tecnocrática, eficientista, para tener el día de mañana burgueses que no molesten, que no piensen, que estén dispuestos a vivir una vida bien materialista.
Pero de lo que se trata previamente, como lo dice muy bien el Papa, es de que el cristiano tiene que privilegiar siempre la político sobre lo económico, aunque sea muy importante lo económico, y sea muy importante el tema de los bienes de producción, porque es el tema clave. Pues en este momento puede haber para un cristiano una pluralidad ideológica de opción, pero en el fondo, las discrepancias ideológicas se cierran en dos alternativas, que son: una la alternativa capitalista, que se basa fundamentalmente en que unos pocos sean los dueños de los bienes de producción, es decir de los bienes que producen bienes, o sea de las máquinas. Y eso, bien sabemos lo que trae como consecuencias. El hombre naturalmente tiende al lucro; esos pocos en seguida serán estos que dijo Santiago: los ricos que oprimen a sus hermanos.
La otra alternativa es el socialismo, en el cual la comunidad es la que tiene el control y la propiedad de los bienes de producción. No son de unos o de algunos, sino de todos. El control popular sobre los medios de producción, que lleve a que los bienes no sean de algunos sino de todos. Esto tiene una enorme importancia, pero de cualquier manera no basta. En la Unión Soviética se hizo una revolución económica, qué duda cabe, pero como precisamente hoy no basta con que la revolución se haga en el plano económico y en el plano cultural y espiritual, en la Unión Soviética en lugar de existir la dictadura del proletariado, existe la dictadura sobre el proletariado. Es decir, hay una burocracia que se está interponiendo entre el pueblo y el poder. En segundo lugar, no se ha dado tampoco una revolución en el plano cultural y espiritual y el tipo de hombre que se propone no es el hombre creador, el hombre al servicio de los otros, es decir el hombre que el cristiano tiene que anhelar, porque es Cristo ese hombre (Cristo dice: “Yo no he venido a ser servido por los hombres, sino a servir”) sino que es el hombre consumidor, el hombre eficiente, el hombre económico.
Los obispos del tercer mundo, en el año 1967, dijeron lo siguiente: “Teniendo en cuenta ciertas necesidades, para ciertos progresos materiales, la Iglesia desde hace un siglo ha tolerado el capitalismo, con préstamo, como interés legal y demás costumbres poco conformes con la moral de los profetas y del Evangelio; por eso ella no puedo más que regocijarse al ver aparecer hoy en la humanidad, otro sistema social menos alejado de esta moral”. Esto es muy importante. Para los cristianos todo sistema humano está alejado en alguna manera de la moral, de los profetas y del Evangelio. La plena justicia, la plena solidaridad, la plena creatividad… se van a dar para nosotros, los cristianos, recién cuando vuelva el Señor. Por eso, personalmente, creo que el concepto de revolución cultural que propugna Mao, tiene cierta resonancia evangélica. La revolución debe ser permanentemente revolucionada, para que no se convierta en contrarrevolución; puede haber un proceso de involución en los hombres y en las estructuras. El hombre no es, es un ser que va siendo, y la sociedad también va siendo. Por eso el cristiano, desde la cláusula escatológica, desde los valores evangélicos, tendrá que criticar siempre a toda sociedad humana; pero lo importante es que la crítica no la haga desde su comodidad o desde sus propiedades, sino que la haga desde los valores evangélicos, que son: la liberación de los pobres, verdadera y auténtica pobreza, una verdadera justicia, que son una verdadera dignidad de cada hombre.
Dicen los obispos citando al Patriarca Máximo IV que intervino en el concilio: “Los cristianos tienen el deber de mostrar que et verdadero socialismo, es el cristianismo integralmente vivido en el justo reparto de los bienes y en la igualdad fundamental de todos. Lejos de contrariarnos con él, sepamos adherir a él con alegría”. Cuando yo estuve en Cuba, pocos días antes de venirme, celebré una misa en una Iglesia y al salir, una señora de 60 o 65 años, con rasgos muy aristocráticos, me dijo: “Mire padre, a mi la revolución me quitó todo, pero esto es lo evangélico.” Eso es lo cristiano, aquel que no juzga de la realidad por su situación personal, o por la situación de su familia, sino que tiene en cuenta el bien común. Y no nos engañemos, unos cuantos de nosotros si realmente luchamos por el socialismo nacional en nuestra patria, vamos a estar peor. Porque si queremos que los dos millones y medio de hermanos nuestros que viven en las villas miserias estén mejor, evidentemente algunos van a estar peor. Y nosotros podremos sentirnos oprimidos, pero nuestra opresión es una opresión graciosa al lado de la opresión que sufren nuestros hermanos que no encuentran trabajo, que no tienen donde dormir… y todo lo demás. Eso es evidente. Porque si no, como ya dije, la nueva alienación puede nacer de la revolución.
Y dicen los obispos: Lejos de contrariarnos con el socialismo, sepamos adherir a él con alegría, como una forma de vida social mejor adaptada a nuestro tiempo y más conforme con el espíritu del Evangelio. Así evitaremos que algunos confundan a Dios y la religión con los opresores del mundo de los pobres y de los trabajadores, que son en efecto el feudalismo, el imperialismo y el capitalismo”. En un libro que acaba de salir, de Garaudy, que se llama “Hacia la reconquista de la esperanza”, demuestra que Marx no condena la religión desde el punto de vista metafísica, filosófico, sino que condena esa religión histórica que él conoció, y hacía muy bien en condenarla, porque era realmente el “opio del pueblo”. Pero si Marx hubiera conocido a Helder Cámara, a Juan XXIII, hubiera conocido a Camilo Torres, no hubiera opinado que la religión es el opio del pueblo. Como lo señaló muy bien Fidel Castro, cuando estuvo en Chile, y dijo que el cristianismo y el cristiano deben encontrar en su fe realmente, el motor que los impulse a un compromiso. Y el “Che” Guevara dice: “Los cristianos deben unirse a los marxistas en la lucha revolucionaria Latinoamericana, sin intentar imponer sus propios dogmas, pero deben venir también sin la cobardía de ocultar su fe, para asimilarse a ellos.” Cada uno debe insertarse en la lucha revolucionaria desde su originalidad, porque si no esa revolución no sirve.
Hablando del imperialismo, del feudalismo y el capitalismo, continúan diciendo los obispos: “Estos sistemas inhumanos, han engendrado a otros queriendo liberar a los pueblos, oprimen a las personas y caen dentro del colectivismo totalitario y la persecución religiosa.” El episcopado peruano, alienta al pueblo a adherir al socialismo, como el sistema a través del cual hoy Dios los va interpelando a los peruanos, pero hace la diferencia: “Nosotros adherimos al socialismo, pero que no se confundan ciertos socialismos históricos que son burocráticos, que son ateístas militantes y que son materialistas. Dios y la verdadera religión nada tienen que ver con las formas diversas del dinero de la iniquidad, por el contrario, Dios y la verdadera religión están siempre con los que buscan promover una sociedad más equitativa y fraternal, entre todos los hijos de Dios, en la gran familia humana.”
Hay un trabajo muy interesante del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Dice: “¿Por qué hablamos del socialismo nacional? En una palabra: socialismo nacional, socialismo humanista y socialismo crítico.”‘
Crítico: desde la fe, porque ningún sistema humano jamás realizará todos los valores evangélicos.
Nacional: para decir en una palabra que responda a nuestras auténticas raíces. Personalmente creo que el proceso hacia el socialismo nacional, con rostro humano, que no busca eliminar la propiedad de los bienes de uso sino darla a todos, empezó en la Argentina el 17 de octubre de 1945.
Humanista: Que posibilite a cada argentino una vida realmente creadora. Que posibilite su expansión espiritual que culmina en el descubrimiento del misterio de Cristo.
Para terminar quiero hacerlo con una reflexión del Padre Gera. El Padre Gera, al hablar del compromiso del cristiano, dice lo siguiente: “Hoy, el cristiano tiene que insertarse en su pueblo. La toma de conciencia en sí, en el hombre argentino, no sólo como sujeto familiar, como sujeto de clase obrera, como sujeto de la clase burguesa, sino como sujeto colectivo, o sea como sujeto que participa de una agrupación que llamamos Nación, es indispensable…” Es decir, hoy el hombre se tiene que sentir parte de un pueblo, de una nación. “.. .esto es toma de conciencia nacional, y por consiguiente, que sus necesidades, sus intereses, sus compromisos se vuelvan a nivel no solo de una agrupación, no simplemente familiar, individual o grupal, sino nacional. Es una toma de conciencia de sí como comunidad, como unidad nacional, y de allí que esta toma de conciencia de sí, como sujeto colectivo nacional, equivale a una afirmación: querer ser sujeto colectivo y nacional de lo que podemos llamar la raíz del proyecto socialista del pueblo.”
El pueblo tiene, aunque no lo exprese con las mismas palabras
y diga, por ejemplo “…yo soy la alpargata del patrón o “…a mí el patrón me afana lo que gano”, el pueblo tiene un proyecto socialista; y en el fondo, lo que está diciendo con eso es “…yo soy socialista, estoy propugnando el socialismo”. “El pueblo tiene un proyecto socialista al tomar conciencia o al intensificar la conciencia de sí como pueblo, como nación. Esto es participación en un mismo destino, en una misma gestión histórica.”

Publicado en el libro Peronismo y Cristianismo de Carlos Mugica, lo pueden encontrar en pdf en
http://www.ruinasdigitales.com/libros/peronismo-y-cristianismo-de-carlos-mugica/

jueves, 28 de abril de 2011

1ero de Mayo: Mensaje a los trabajadores y al pueblo argentino

Año 1968. Programa de la CGT de los argentinos presentado durante el acto encabezado por Raymundo Ongaro y Agustin Tosco en Córdoba con motivo del día del trabajador. Tiempo después se supo que unos de sus autores principales fue Rodolfo Walsh.
Carpani

1. Nosotros, representantes de la CGT de los Argentinos, legalmente constituida en el congreso normalizador Amado Olmos, en este Primero de Mayo nos dirigimos al pueblo.
Los invitamos a que nos acompañen en un examen de conciencia, una empresa común y un homenaje a los forjadores, a los héroes y los mártires de la clase trabajadora.
En todos los países del mundo ellos han señalado el camino de la liberación. Fueron masacrados en oscuros calabozos como Felipe Vallese, cayeron asesinados en los ingenios tucumanos, como Hilda Guerrero.
Padecen todavía en injustas cárceles.
En esas luchas y en esos muertos reconocemos nuestro fundamento, nuestro patrimonio, la tierra que pisamos, la voz con que queremos hablar, los actos que debemos hacer: esa gran revolución incumplida y traicionada pero viva en el corazón de los argentinos.
2. Durante años solamente nos han exigido sacrificios. Nos aconsejaron que fuésemos austeros: lo hemos sido hasta el hambre.
Nos pidieron que aguantáramos un invierno: hemos aguantado diez. Nos exigen que racionalicemos: así vamos perdiendo conquistas que obtuvieron nuestros abuelos. Y cuando no hay humillación que nos falte padecer ni injusticia que reste cometerse con nosotros, se nos pide irónicamente que "participemos".
Les decimos: ya hemos participado, y no como ejecutores sino como víctimas en las persecuciones, en las torturas, en las movilizaciones, en los despidos, en las intervenciones, en los desalojos.
No queremos esa clase de participación.
Un millón y medios de desocupados y subempleados son la medida de este sistema y de este gobierno elegido por nadie. La clase obrera vive su hora más amarga. Convenios suprimidos, derechos de huelga anulados, conquistas pisoteadas, gremios intervenidos, personerías suspendidas, salarios congelados.
La situación del país no puede ser otro que un espejo de la nuestra. El índice de mortalidad infantil es cuatro veces superior al de los países desarrollados, veinte veces superior en zonas de Jujuy donde un niño de cada tres muere antes de cumplir un año de vida. Más de la mitad de la población está parasitada por la anquilostomiasis en el litoral norteño; el cuarenta por ciento de los chicos padecen de bocio en Neuquén; la tuberculosis y el mal de Chagas causan estragos por doquier. La deserción escolar en el ciclo primario llega al sesenta por ciento; al ochenta y tres por ciento en Corrientes, Santiago del Estero y el Chaco; las puertas de los colegios secundarios están entornadas para los hijos de los trabajadores y definitivamente cerradas las de la Universidad.
La década del treinta resucita en todo el país con su cortejo de miseria y de ollas populares.
Cuatrocientos pesos son un jornal en los secaderos de yerba, trescientos en los obrajes, en los cañaverales de Tucumán se olvida ya hasta el aspecto del dinero.
A los desalojos rurales se suma ahora la reaccionaria ley de alquileres, que coloca a decenas de miles de comerciantes y pequeños industriales en situación de desalojo, cese de negocios y aniquilamiento del trabajo de muchos años.
No queda ciudad en la República sin su cortejo de villas miserias donde el consumo de agua y energía eléctrica es comparable al de las regiones interiores del Africa. Un millón de personas se apiñan alrededor de Buenos Aires en condiciones infrahumanas, sometidas a un tratamiento de gheto y a las razzias nocturnas que nunca afectan las zonas residenciales donde algunos "correctos" funcionarios ultiman la venta del país y donde jueces "impecables" exigen coimas de cuarenta millones de pesos.
Agraviados en nuestra dignidad, heridos en nuestros derechos, despojados de nuestras conquistas, venimos a alzar en el punto donde otros las dejaron, viejas banderas de la lucha.
3. Grandes países que salieron devastados de la guerra, pequeños países que aún hoy soportan invasiones e implacables bombardeos, han reclamado de sus hijos penurias mayores que las nuestras. Si un destino de grandeza nacional, si la defensa de la patria, si la definitiva liquidación de las estructuras explotadoras fuesen la recompensa inmediata o lejana de nuestros males, ¿qué duda cabe de que los aceptaríamos en silencio?
Pero no es así. El aplastamiento de la clase obrera va acompañado de la liquidación de la industria nacional, la entrega de todos los recursos, la sumisión a los organismos financieros internacionales. Asistimos avergonzados a la culminación, tal vez el epílogo de un nuevo período de desgracias.
Durante el año 1967 se ha completado prácticamente la entrega del patrimonio económico del país a los grandes monopolios norteamericanos y europeos. En 1958 el cincuenta y nueve por ciento de lo facturado por las cincuenta empresas más grandes del país correspondía a capitales extranjeros; en 1965 esa cifra ascendía al sesenta y cinco por ciento; hoy se puede afirmar que tres cuartas partes del gran capital invertido pertenece a los monopolios.
La empresa que en 1965 alcanzó la cifra más alta de ventas en el país, en 1968 ha dejado de ser argentina. La industria automotriz está descoyuntada, dividida en fragmentos que han ido a parar uno por uno a los grupos monopolistas. Viejas actividades nacionales como la manufactura de cigarrillos pasaron en bloque a intereses extranjeros. El monopolio norteamericano del acero está a punto de hacer su entrada triunfal. La industria textil y la de la alimentación están claramente penetradas y amenazadas.
El método que permitió este escandoloso despojo no puede ser más simple. El gobierno que surgió con el apoyo de las fuerzas armadas, elegido por nadie, rebajó los aranceles de importación, los monopolios aplicaron la ley de la selva —el dumping—, los fabricantes nacionales, hundiéronse. Esos mismos monopolios, sirviéndose de bancos extranjeros ejecutaron luego a los deudores, llenaron de créditos a sus mandantes que con dinero argentino compraron a precio de bancarrota las empresas que el capital y el trabajo nacional habían levantado en años de esfuerzo y sacrificio.
Este es el verdadero rostro de la libre empresa, de la libre entrega, filosofía oficial del régimen por encima de ilusorias divisiones entre "nacionalistas" y "liberales", incapaces de ocultar la realidad de fondo que son los monopolios en el poder.
Este poder de los monopolios que con una mano aniquila a la empresa privada ncional, con la otra amenaza a las empresas del Estado donde la racionalización no es más que el prólogo de la entrega, y anuda los últimos lazos de la dependencia financiera. Es el Fondo Monetario Internacional el que fija el presupuesto del país y decide si nuestra moneda se cotiza o no en los mercados internacionales. Es el Banco Mundial el que planifica nuestras industrias claves. Es el Banco Interamericano de Desarrollo el que indica en qué países podemos comprar. Son las compañías petroleras las que cuadriculan el territorio nacional y de sus mares aledaños con el mapa de sus inicuas concesiones. El proceso de concentración monopolista desatado por el gobierno no perdonará un solo renglón de la actividad nacional. Poco más y sólo faltará desnacionalizar la tradición argentina y los museos.
La participación que se nos pide es, además de la ruina de la clase obrera, el consentimiento de la entrega. Y eso no estamos dispuestos a darlo los trabajadores argentinos.
4. La historia del movimiento obrero, nuestra situación concreta como clase y la situación del país nos llevan a cuestionar el fundamento mismo de esta sociedad: la compraventa del trabajo y la propiedad privada de los medios de producción.
Afirmamos que el hombre vale por sí mismo, independientemente de su rendimiento. No se puede ser un capital que rinde un interés, como ocurre en una sociedad regida por los monopolios dentro de la filosofía libreempresista. El trabajo constituye una prolongación de la persona humana, que no debe comprarse ni venderse. Toda compra o venta del trabajo es una forma de esclavitud.
La estructura capitalista del país, fundada en la absoluta propiedad privada de los medios de producción, no satisface sino que frustra las necesidades colectivas, no promueve sino que traba el desarrollo individual. De ella no puede nacer una sociedad justa ni cristiana.
El destino de los bienes es servir a la satisfacción de las necesidades de todos los hombres. En la actualidad prácticamente todos los bienes se hallan apropiados, pero no todos los hombres pueden satisfacer sus necesidades: el pan tiene dueño pero un dueño sin hambre. He aquí al descubierto la barrera que separa las necesidades humanas de los bienes destinados a satisfacerlas: el derecho de propiedad tal como hoy es ejercido.
Los trabajadores de nuestra patria, compenetrados del mensaje evangélico de que los bienes no son propiedad de los hombres sino que los hombres deben administrarlos para que satisfagan las necesidades comunes, proclamamos la necesidad de remover a fondo aquellas estructuras.
Para ello retomamos pronunciamientos ya históricos de la clase obrera argentina, a saber:
• La propiedad sólo debe existir en función social.
• Los trabajadores, auténticos creadores del patrimonio nacional, tenemos derecho a intervenir no sólo en la producción, sino en la administración de las empresas y la distribución de los bienes.
• Los sectores básicos de la economía pertenecen a la Nación. El comercio exterior, los bancos, el petróleo, la electricidad, la siderurgia y los frigoríficos deben ser nacionalizados.
• Los compromisos financieros firmados a espaldas del pueblo no pueden ser reconocidos.
• Los monopolios que arruinan nuestra industria y que durante largos años nos han estado despojando, deben ser expulsados sin compensación de ninguna especie.
• Sólo una profunda reforma agraria, con las expropiaciones que ella requiera, puede efectivizar el postulado de que la tierra es de quien la trabaja.
• Los hijos de obreros tienen los mismos derechos a todos los niveles de la educación que hoy gozan solamente los miembros de las clases privilegiadas. A los que afirman que los trabajadores deben permanecer indiferentes al destino del país y pretenden que nos ocupemos solamente de problemas sindicales, les respondemos con las palabras de un inolvidable compañero, Amado Olmos,  quien días antes de morir, desentrañó para siempre esa farsa:
El obrero no quiere la solución por arriba, porque hace doce años que la sufre y no sirve. El trabajador quiere el sindicalismo integral, que se proyecte hacia el control del poder, que asegura en función de tal el bienestar del pueblo todo. Lo otro es el sindicalismo amarillo, imperialista, que quiere que nos ocupemos solamente de los convenios y las colonias de vacaciones.
5. Las palabras de Olmos marcan a fuego el sector de dirigentes que acaban de traicionar al pueblo y separarse para siempre del movimiento obrero. Con su experiencia, que ya era sabiduría profética, explicó los motivos de esa defección.
"Hay dirigentes —dijo—, que han adoptado las formas de vida, los automóviles, las casas, las inversiones y los gustos de la oligarquía a la que dicen combatir. Desde luego con una actitud de ese tipo no pueden encabezar a la clase obrera".
Son esos mismos dirigentes los que apenas iniciado el congreso normalizador del 28 de marzo, convocado por ellos mismos, estatutariamente reunido, que desde el primer momento sesionó con el quórum necesario, lo abandonaron por no poder dominarlo y cometieron luego la felonía sin precedentes en los anales del sindicalismo de denunciar a sus hermanos ante la Secretaría de Trabajo. Son ellos los que hoy ocupan un edificio vacío y usurpan una sigla, pero han asumido al fin su papel de agentes de un gobierno, de unaoligarquía y de un imperialismo ¿Qué duda cabe hoy de que Olmos se refería a esos dirigentes que se autocalifican de "colaboracionistas" y "participacionistas"? Durante más de un lustro cada enemigo de la clase trabajadora, cada argumento de anciones, cada editorial adverso, ha sostenido que no existía en el país gente tan corrompida como algunos dirigentes sindicales. Costaba creerlo, pero era cierto. Era cierto que rivalizaban en el lujo insolente de sus automóviles y el tamaño de sus quintas de fin de semana, que apilaban fichas en los paños de los casinos y hacían cola en las ventanillas de los hipódromos, que paseaban perros de raza en las exposiciones internacionales.
Esa satisfacción han dado a los enemigos del movimiento obrero, esa amargura a nosotros. Pero es una suerte encontrarlos al fin todos juntos —dirigentes ricos que nunca pudieron unirse para defender trabajadores pobres—, funcionarios y cómplices de un gobierno que se dice llamado a moralizar y separados para siempre de la clase obrera.
Con ellos, que voluntariamente han asumido ese nombre de colaboracionistas, que significa entregadores en el lenguaje internacional de la deslealtad, no hay advenimiento posible. Que se queden con sus animales, sus cuadros, sus automóviles, sus viejos juramentos falsificados, hasta el día inminente en que una ráfaga de decencia los arranque del último sillón y de las últimas representaciones traicionadas.
6. La CGT de los Argentinos no ofrece a los trabajadores un camino fácil, un panorama risueño, una mentira más. Ofrece a cada uno un puesto de lucha.
Las direcciones indignas deben ser barridas desde las bases. En cada comisión interna, cada gremio, cada federación, cada regional, los trabajadores deben asumir su responsabilidad histórica hasta que no quede un vestigio de colaboracionismo. Esa es la forma de probar que la unidad sigue intacta y que los falsos caudillos no pueden destruir desde arriba lo que se ha amasado desde abajo con el dolor de tantos.
Este movimiento está ya en marcha, se propaga con fuerza arrasadora por todos los caminos de la República.
Advertimos sin embargo que de la celeridad de ese proceso depende el futuro de los trabajadores. Los sectores interesados del gobierno elegido por nadie no actúan aún contra esta CGT elegida por todos; calculan que la escisión promovida por dirigentes vencidos y fomentada por la Secretaría de Trabajo bastará para distraer unos meses a la clase obrera, mientras se consuman etapas finales de la entrega.
Si nos limitáramos al enfrentamiento con esos dirigentes, aun si los desalojáramos de sus últimas posiciones, seríamos derrotados cuando en el momento del triunfo cayeran sobre nosotros las sanciones que debemos esperar pero no temer.
El movimiento obrero no es un edificio ni cien edificios; no es una personería ni cien personerías; no es un sello de goma ni es un comité; no es una comisión delegada ni es un secretariado. El movimiento obrero es la voluntad organizada del pueblo y como tal no se puede clausurar ni intervenir.
Perfeccionando esa voluntad pero sobre todo esa Organización debemos combatir con más fuerza que nunca por la libertad, la renovación de los convenios, la vigencia de los salarios, la derogación de leyes como la 17.224 y la 17.709, la reapertura y creación de nuevas fuentes de trabajo, el retiro de las intervenciones y la anulación de las leyes represivas que hoy ofenden a la civilización que conmemora la declaración y el ejercicio de los derechos humanos.
Aun eso no es suficiente. La lucha contra el poder de los monopolios y contra toda forma de penetración extranjera es misión natural de la clase obrera, que ella no puede declinar. La denuncia de esa penetración y la resistencia a la entrega de las empresas nacionales de capital privado o estatal son hoy las formas concretas del enfrentamiento. Porque la Argentina y los argentinos queremos junto con la revolución moral y de elevamiento de los valores humanos ser activos protagonistas y no dependientes en la nueva era tecnológica que transforma al mundo y conmociona a la humanidad.
Y si entonces cayeran sobre nosotros los retiros de personería, las intervenciones y las clausuras, será el momento de recordar lo que dijimos en el congreso normalizador: que a la luz o en la clandestinidad, dentro de la ley o en las catacumbas, este secretariado y este consejo directivo son las únicas autoridades legítimas de los trabajadores argentinos, hasta que podamos reconquistar la libertad y la justicia social y le sea devuelto al pueblo el ejercicio del poder.
7. La CGT de los Argentinos no se considera única actora en el proceso que vive el país, no puede abstenerse de recoger las aspiraciones legítimas de los otros sectores de la comunidad ni de convocarlos a una gran empresa común, no puede siquiera renunciar a la comunicación con sectores que por una errónea inteligencia de su papel verdadero aparecen enfrentados a nuestros intereses. Apelamos pues:
• A los empresarios nacionales, para que abandonen la suicida política de sumisión a un sistema cuyas primeras víctimas resultan ellos mismos. Los monopolios no perdonan, los bancos extranjeros no perdonan, la entrega no admite exclusiones ni favores personales. Lealmente les decimos: fábrica por fábrica los hemos de combatir en defensa de nuestras conquistas avasalladas, pero con el mismo vigor apoyaremos cada empresa nacional enfrentada con una empresa extranjera. Ustedes eligen sus alianzas: que no tengan que llorar por ellas.
• A los pequeños comerciantes e industriales, amenazados por desalojo en beneficio de cuatro inmobiliarias y un par de monopolios dispuestos a repetir el despojo consumado con la industria, a liquidar los últimos talleres, a comprar por uno lo que vale diez, a barrer hasta con el almacenero y el carnicero de barrio en beneficio del supermercado norteamericano, que es el mercado único, sin competencia posible. Les decimos:
su lugar está en la lucha, junto a nosotros.
• A los universitarios, intelectuales, artistas, cuya ubicación no es dudosa frente a un gobierno elegido por nadie que ha intervenido las universidades, quemando libros, aniquilando la cinematografía nacional, censurando el teatro, entorpeciendo el arte. Les recordamos: el campo del intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra.
• A los militares, que tienen por oficio y vocación la defensa de la patria: Nadie les ha dicho que deben ser los guardianes de una clase, los verdugos de otra, el sostén de un gobierno que nadie quiere, los consentidores de la penetración extranjera. Aunque se afirme que ustedes no gobiernan, a los ojos del mundo son responsables del gobierno. Con la franqueza que pregonan les decimos: que preferiríamos tenerlos a nuestro lado y del lado de la justicia, pero que no retrocederemos de las posiciones que algunos de ustedes parecieran haber abandonado pues nadie debe ni puede impedir el cumplimiento de la soberana voluntad del pueblo, única base de la autoridad del poder público.
• A los estudiantes queremos verlos junto a nosotros, como de algún modo estuvieron juntos en los hechos, asesinados por los mismos verdugos, Santiago Pampillón y Felipe Vallese. La CGT de los Argentinos no les ofrece halagos ni complacencias, les ofrece una militancia concreta junto a sus hermanos trabajadores.
• A los religiosos de todas las creencias: sólo palabras de gratitud para los más humildes entre ustedes, los que han hecho suyas las palabras evangélicas, los que saben que "el mundo exige el reconocimiento de la dignidad humana en toda su plenitud, la igualdad social de todas las clases", como se ha firmado en el concilio, los que reconocen que "no se puede servir a Dios y al dinero". Los centenares de sacerdotes que han estampado su firma al pie del manifiesto con que los obispos del Tercer Mundo llevan a la práctica las enseñanzas de la Populorum Progressio: "La Iglesia durante un siglo ha tolerado al capitalismo… pero no puede más que regocijarse al ver aparecer en la humanidad otro sistema social menos alejado de esa moral…
La Iglesia saluda con orgullo y alegría una humanidad nueva donde el honor no pertenece al dinero acumulado entre las manos de unos pocos, sino a los trabajadores obreros y campesinos". Ese es el lenguaje que ya han hablado en Tacuarendí, en Tucumán en las villas miserias, valerosos sacerdotes argentinos y que los trabajadores quisiéramos oir en todas las jerarquías. 8. La CGT convoca en suma a todos los sectores, con la única excepción de minorías entregadoras y dirigentes corrompidos, a movilizarse en los cuatro rincones del país para combatir de frente al imperialismo, los monopolios y el hambre. Esta es la voluntad indudable de un pueblo harto de explotación e hipocresía, herido en su libertad, atacado en sus derechos, ofendido en sus sentimientos, pero dispuesto a ser el único protagonista de su destino.
Sabemos que por defender la decencia todos los inmorales pagarán campañas para destruirnos.
Comprendemos que por reclamar libertad, justicia y cumplimiento de la voluntad soberana de los argentinos, nos inventarán todos los rótulos, incluso el de subversivos, y pretenderán asociarnos a secretas
conspiraciones que desde ya rechazamos.
Descontamos que por defender la autodeterminación nacional se unirán los explotadores de cualquier latitud para fabricar las infamias que les permitan clausurar nuestra voz, nuestro pensamiento y nuestra vida.
Alertamos que por luchar junto a los pobres, con nuestra única bandera azul y blanca, los viejos y nuevos inquisidores levantarán otras cruces, como vienen haciendo a lo largo de los siglos.
Pero nada nos habrá de detener, ni la cárcel ni la muerte. Porque no se puede encarcelar y matar a todo el pueblo y porque la inmensa mayoría de los argentinos, sin pactos electorales, sin aventuras colaboracionistas ni golpistas, sabe que sólo el pueblo salvará al pueblo.

Publicado el 9 de mayo de 1968 en el periódico de la CGTA

viernes, 22 de abril de 2011

¿Qué es un Revolucionario? Jorge Ricardo Masetti

Que su nombre siga casi tan ignorado en su país como el pedazo de selva que esconde sus huesos era previsible para Jorge Masetti. Periodista, sabía cómo se construyen renombres y se tejen olvidos. Guerrillero, pudo presumir que si era derrotado el enemigo sería el dueño momentáneo de su historia”. (del Prólogo de Rodolfo Walsh en Los que luchan y los que lloran de Masetti).

¿Qué es un revolucionario?

Muchas veces hemos escuchado afirmar a personas de muy distinta formación ideológica –en el caso que la tuviesen- que eran revolucionarios. Se consideraban revolucionarios porque estaban en contra de algo. Creían ser revolucionarios porque aspiraban –y aún luchaban- contra el presidente ladrón, asesino, demagogo… o poco elegante y vulgar. Existen personas que piensan que un gobierno debe ser derrocado porque el presidente no sabe usar bien los cubiertos, o pertenece a un sector, según ellos, inferior. Y también se consideran revolucionarios.

          Es por eso que en un movimiento contra un gobierno, se enrolan individuos de una heterogeneidad asombrosa. Pero el mosaico se quiebra al producirse el triunfo de ese movimiento. Los que tomaron parte en él, únicamente porque estaban en contra de los hombres del mal gobierno, chocan irremisiblemente contra sus compañeros, que consideran la caída de los que ostentaban el poder, sencillamente como un paso imprescindible hacia la revolución.

          El triunfo de la acción antigubernista, provoca, tácticamente, el enfrentamiento entre los golpistas y los revolucionarios verdaderos.

         Muchos de los que conspiraron y lucharon por la caída de las caras feas del régimen, se consideraban defraudados y aún alarmados por la posición de los que no se conforman con eso, de los que no se sienten felices por haber alcanzado el privilegio de calentar con honrada serenidad los sillones de los derrocados, sino que continúan agitando, revolucionando al país, hurgando en busca de todos los males del sistema, para removerlos y exterminarlos.


Otros, en cambio –reacción pura- enfrentan decididamente a los revolucionarios, con la vieja pero siempre eficaz táctica del copamiento de los puestos de significación, operación que les facilita el desinterés de sus adversarios, provocando desde allí conflictos artificiales que retarden y entorpezcan la acción revolucionaria.

        Los indiferentes y los reaccionarios, siempre pretenden quedarse en el golpe de Estado y “normalizar” el país lo antes posible.

        En cambio el revolucionario, siempre se siente obligado a luchar, a seguir adelante.
 
        Nada ni nadie logra detener ni conformar al revolucionario, porque esa es su vocación y su destino. Si no tiene armas, muerde. Si le arrancan los dientes, patea. Y si lo matan, escupe sangre.
 
        Pero si se da el insólito caso que logra vencer, entonces lucha aún más. Porque ya no se enfrentará con el enemigo declarado que lo ataca con las armas en la mano sino que tiene que soportar en su propia mochila, el peso de la insidia solapada, la adulonería, la calumnia y las presiones internas y externas. Pelea aún más porque sabe que desde el gobierno no logrará la satisfacción del triunfo después de cada batalla. Y que luego de cada combate no habrá tregua reparadora.
 
        Martí, cuyas sentencias no sólo convulsionan el espíritu, sino que sacuden hasta los huesos, afirmó que “patria es ara, no pedestal”. Y los revolucionarios verdaderos son aquellos que saben que en esa ara ofrendarán su vida, sus ambiciones y lo que le es aún más doloroso, hasta su orgullo. Porque ya no serán “ellos”, sino simples instrumentos del pueblo por el que luchan y se angustian. Porque su debatir será permanente, como permanente tendrá que ser la revolución.
 
        Revolucionario es aquél al que la rebeldía jamás abandona. Aquel que aún siendo miembro del ejército o la policía, aunque deba llevar el control de instituciones cuya existencia es un mal necesario por el mal mismo, los odia, porque los considera amenazas latentes contra las libertades populares. El revolucionario se estremece al escuchar las sirenas de la policía, aunque sea el mismo jefe de ella. Sólo concibe las armas en manos del pueblo y los uniformes en las camisas sudadas de los que trabajan.
 
        El revolucionario, que tiene un principio, -el momento en que siente con su espíritu y con su carne que es parte de su pueblo- no tiene fin.
 
        Ningún revolucionario termina, sin prolongarse en su lucha y en su ejemplo. Su grito jamás se apaga, sin que encuentre el eco de mil gargantas jóvenes que lo renueven. Su sangre jamás se coagula, sin que la asimile la tierra por la cual la derramó.
 
        Esa es su única, íntima y reconfortante recompensa.



jueves, 14 de abril de 2011

Cuba ante la invasión (1) - John William Cooke


Al escribir estas líneas, en Cuba hay seguridad de que vendrá la invasión 2. Se sabe que los varios miles de mercernarios concentrados en Guatemala  y otros sitios cercanos a la isla están  a punto de ser embarcados, y que es propósito firme de quienes dirigen la operación colocar inmediatamente esas tropas en territorio cubano. No descarto que la agresión pueda ser postergada, pues lo que yo veo aquí también lo han visto los espías imperialistas, pero hasta el momento no ha habido cambio de planes.

Los últimos días han sido aquí de actividad febril para completar la preparación de las milicias revolucionarias. Fidel ha dado instrucciones bien explícitas a toda la población y a los grupos de combate. Anoche, el Secreto de la Confederación Cubana de Trabajadores completó las directivas a seguir durante la lucha a fin de evitar interrupciones del proceso productivo. En cada centro de trabajo estan repartidas las funciones y seleccionados los que tendrán a su cargo la vigilancia y los que integraran formaciones mayores de milicia. Los hospitales, bancos de sangre y de plasma han hecho sus reservas de guerra, mientras las milicianas se vuelvan en la organización de primeros auxilios. Todas las madrugadas veo pasar decenas de ómnibus conduciendo milicianos que van a cubrir sus destinos. La televisión suple diaramente alguna posible deficiencia preparatoria repitiendo explicaciones sobre el manejo y desarme de fusiles.

Quien conozca al cubano sabe que es un tipo extrovertido, dicharachero, ocurrente, cuyas actividades colectivas, por serias que sean, tienen un acompañamiento invariable de cantos y bailes. La procesión religiosa no es incompatible con el cha-cha-cha, ni el paso marcial con cierto ritmo extra- militar que transforma en puro deleite contemplar el paso de las brigadas femeninas. La Revolución, al convertir los problemas nacionales en un quehacer de todo el pueblo, determina que los episodios de la política interna y externa se traduzcan en música:
 " Pero la reforma agraria va", "Venceremos", "Con OEA o sin OEA", "Los yanquis son guanajos (pavos)" son algunas de las composiciones que se corean y a cuyo compás bailan las parejas. Pues bien, nada de esto ha cambiando ante el peligro de la invasión, respecto de cuya inminencia nadie abria dudas.

El ambiente es de alegría, casi diría de fiesta. Las calles están llenan de estrategos improvisados que se trenzan en discusiones interminables sobre los puntos probables de la invasión y la táctica que Fidel adoptará. Omniscientes teóricos exponen complicadisimos planes de exterminio e intercambian conocimientos en cuanto al tipo de armas que los yanquis han suministrado a los invasores. Cuando algún participante en el debate, apunta la posibilidad de que, ante el fracaso de la intentona, intervengan directamente los "marines" norteamericanos- cosa a la que el Caribe está dolorosamente acostumbrado- los temas bélicos se proyectan al plano mundial y asistimos al desarrollo de vastas comparaciones entre los respectivos poderíos de EE. UU. y la URSS, con mención de escalofriantes instrumentos de guerra de cuya ultrasecreta existencias parecen tener conocimiento solamente Kremlim y el imprevisto contertulio que lo menciona. Todo esto en medio de chistes, risotadas y confianza ilimitada en la victoria. Pero lo importante es señalar que no hay ni desconocimiento ni subestimación de los riesgos: las veinte mil muertes de la lucha contra Batista son demasiado recientes como para suponer que en esta alegría hay proporción alguna de la inconsciencia. Es, por el contrario, producto del carácter cubano unido a una seguridad absoluta sobre la justicia de su causa y la capacidad para defenderla.

De noche recorremos la ciudad y concurrimos a los sitios de concentración de milicias. Los habaneros, que llevan meses de práctica, estan ansioso por tener armas. Ahora las están recibiendo y la felicidad se trasluce en los rostros y en los gestos. Los "responsables" de milicia, enloquecidos con el trabajo de planilleo, tienen que interrumpir a cada momento sus tareas para llamar al orden: "Eh, tú, deja ese fusil en paz", "Mira, chico, que esa metralleta no es un juguete"; pero nada, el miliciano la arma y desarma, apunta a ficticios enemigos , repele sigilosos y fantasmales atacantes. Salen los grupos encargados de reemplazar a los que andan patrullando la ciudad. Los demás escuchan a los instructores. A cada rato, y con cualquier pretexto algún miliciano ensaya posturas con su metralleta, en medio de la recovención exasperada de los "responsables". Uno de estos- argentino y peronista- me muestra el techo: parece un colador, como resultado de la impaciencia de los novicios por manipular el arma. Dirigiéndose a un muchacho que apunta como si acabase de descubrir un avión en el cielorraso le grita: " Tené mano,  pibe, ¿te pensás que en cinco minutos lo vas a desbancar a Fidel?". Una carcajada estruendosa rubrica la salida, que tiene la gracia adicional de estar expresada en el extraño idioma de los "ches".

No se sonrían nuestros atildados militares que van a las reuniones de la Junta Interamericana de Defensa a provocar la intervención continental contra Cuba. Estos obreros que recién aprenden el uso de las armas, estos guajiros, este pueblo movilizado y en revolución es el Ejército que derrotará al imperalismo, el que apoyará a otros ejércitos populares en nuestra América traicionada. Porque San Martín y Bolívar pelearon y vencieron con este mismo humilde pueblo: con los negros, con los indios, con los mulatos, con los pobres, con los gauchos de América; hartos, entonces como ahora, de injusticias; decididos, entonces como ahora, a dar la vida- que no es poco dar- para construir una sociedad nueva.

De pronto, llega Fidel, que recorre todos los puntos de reunión y, de acuerdo con su característica, de improviso, a cualquier hora del día o de la noche. Examina todo, lo importante y lo minúsculo, escucha las explicaciones de los "responsables", contesta preguntas. Les dirige luego la palabra. Se necesitan voluntarios para ir al interior a apremder rápidamente el manejo de armas antitanques y antiaéreas reforzando el personal ya asignado. Se reproduce lo que ha sucedido en cada lugar: todos se oferecen. Se resuelve, entonces, que vayan menores de treinta años y sin empleo fijo. Cuando Fidel parte, comienzan los comentarios, que con toda seguridad se prolongarán durante horas.
¿Cómo es que esta gente, con tendencia a la despreocupación, escéptica después de cincuenta años de corrupción política y administrativa y de sometimiento total a los Estados Unidos, es hoy un pueblo con acerada voluntad, ansioso por combatir y dispuesto a morir si es preciso?. Es que la Revolución ha sacado a la luz todas las virtudes nacionales, que antes no encontraban cómo expresarse, y he convertido a la isla en una fortaleza que se alza desafiando al opresor, hasta ayer invencible. La aventura contra Cuba, patrocinada por la histeria del imperialismo, terminará con el aniquilamiento de los que pongan sus pies en estas playas. Con seiscientos mil milicianos y cuarenta mil soldados de Ejército Rebelde, bien armados todos y dirigidos por un grupo de hombres que cumplieron la hazaña de derrotar a un ejército profesional, el agresor que llegue hasta aquí, aquí quedará.

A la movilización de un pueblo para conquistar el poder, primero, y para defender sus conquistas revolucionarias, después, es bueno que le consagremos algo más que tributos administrativos o retóricos bienintencionales. Más vale que la estudiemos como un proceso que encierra muchas claves para la emancipación de nuestros países.
El triunfo de Fidel Castro es el resultado de haber visto claro, desde el primer momento, el camino a seguir. Eso determinó no solo la toma del gobierno, sino la política revolucionaria desarrollada después. De no liquidar las estructuras del institucionalismo liberal- burgués, la gran popularidad del héroe de la Sierra Maestra no le hubiese servido de nada: o tenía que someterse al imperalismo, o este lo liquidaba. Los engranajes parlamentarios y judiciales, la prensa comercial, los resortes culturales oligárquicos, todo se hubiese conjurado; y siempre quedaban las fuerzas armadas, por si se tornaba inmanejable. Al eliminar todo eso, comenzando por disolver el ejército profesional y sustituirlo por las milicias obreras y campesinas, pudo promulgar la legislación revolucionaria- reforma agraria y urbana, nacionalización de empresas, expropiación de monopolios- y cumplir con su  programa de liberación. Todo lo cual fue posible, insisto, porque desde el primer momento planteó correctamente las formas de lucha.

Cuando todos los partidos políticos de Cuba, inclusive el Ortoxodo en cuyas filas militaban, mendigaban de Batista algunos resquicios de legalidad y se proponían como objetivo la vuelta al constitucionalismo que en nada tocaría los intereses del privilegio, Fidel comprendió que toda acción de masas debía basarse en el abandono de los métodos del pasado y en el desprecio de electoralismo. Unos párrafos del artículo publicado en un periódico clandestino sintetizan esta visión:

"Quien tenga un concepto tradicional de la política podrá sentirse pesimista ante este cuadro de verdades. Peros los que tengan, en cambio, fe ciega en las masas, para los que crean en la fuerza indestructible de las grandes ideas, no será motivo de aflojamiento y desaliento. EL MOMENTO ES REVOLUCIONARIO Y NO POLÍTICO 3. Lo político es la consagración del oportunismo de los que tienen medios y recursos. A un partido Revolucionario debe corresponde una dirigencia revolucionaria, joven y de origen popular."

Estas frases condensan la superioridad de Fidel, simple militante entonces del Partido Ortodoxo, sobre los demás hombres políticos de su país. Existía, en los hechos, un Frente de Liberación; se trataba de coordinarlo y de llevarlo al triunfo. Y eso no era posible lograrlo a través de simples acuerdo, sino que se alcanzaria únicamente en la acción. De ahí su asalto al cuartel Moncada, con cuyo arsenal pensó armar al pueblo. Y de ahi también su plan posterior, más maduro y acertado, que culminó con la epopeya de derrotar a un ejército moderno, adiestrado y provisto de material bélico por los Estados Unidos.

El abandono de la política "tradicional", el programa revolucionario y la integración de un frente de liberación en forma dináminca, por la acción insurrecional, son esas claves iniciales. Desde entonces, los estudiantes y los grupos progresivas que militaban en los partidos se concentraron detrás de la nueva fuerza de gestación, mientras el campesinado se fue incorporando al Ejército Rebelde y selló su alianza con los obreros. Esto no comenzó con solemnes acuerdos, ni con crecido número de activistas, ni con coordinaciones minuciosas o ingestes recursos. Comenzó con los que elegían una política revolucionaria enfrentando a la dictadura y a los politiqueros. El pueblo se fue uniendo a los rebeldes porque no retrocedían antes las dificultades y ofrecían un camino difícil y duro, pero a cuyo término habría soluciones de fondo para el drama del país y de sus clases desposeídas. Esa integración con las masas no solamente culminó en el triunfo, sino que influyó en Fidel, el Che, Raúl 4, Almeida 5, etc., enseñándoles por experiencia directa y contacto con la gente humilde cuáles eran los problemas fundamentales, aclarándoles cuestiones confusas o insuficientemente planteadas y fortaleciendo en ellos ese espíritu que les hace llevar hasta las últimas consecuencias las iniciativas revolucionarias.

Cualquier tentativa de realizar la lucha de liberación nacional dentro de los carriles de la seudo legalidad liberal- burguesa es un contrasentido. Como lo es creer que las fuerzas revolucionarias pueden alinearse en forma estática, sin salir del terreno teórico. O, lo que ya sería un disparate, hacer alianzas electorales y mangonear votitos para pegar algunos gritos en el parlamente, gritos que nadie escuchará, y que, en todo caso, nada remedirán.
Frente de Liberación Nacional es sinónimo de unión e incorporación progresiva de distintos sectores a una lucha por la recuperación integral, es decir, que incluye la soberanía del país y la revolución social como partes indivisibles de un proceso indivisible. La conciencia de las masas argentinas, su larga lucha, facilitan la constitución de un frente, donde han de deponerse los sectarismo y las vanidades particularistas. Ni oportunismo como el que practican los cazadores de votos proscriptos, ni grupos dirigentes moviéndose en el Olimpo de la pura teoría y las revoluciones ideales. Acción en común, compenetración de masas y dirigentes, en una acción que busca transformaciones fundamentales del régimen económico social. Creo que en Argentina estamos haciendo apreciables progresos es ese sentido. Los milicianos de Cuba- cuyos cantos trae la noche mientras escribo- me confirman que vamos por buen rumbo.

John William Cooke, 1960.
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1. Publicado en la revista El Popular, noviembre de 1960.
2. Se trata de una nota escrita unos meses antes de la invasión a Cuba apoyada por Estados Unidos. Finalmente, el 16 de abril de 1961, luego de meses de rumores, una fuerza  mercenaria, armada y entrenada por la CIA, atacó Cuba mediante fuego aéreo y tratando de desembarcar en varios puntos de la isla. El mayor número de invasores atacó en el centro del país, en Playa Girón, de la Bahía de los Cochinos. Luego de tres días de combates, los atacantes fueron derrotados. John Cooke y Alicia Eguren se presentaron como voluntarios  y fueron destinados a la defensa como milicianos. Cooke prestó servicios en el sector Norte, Batallón 134, con el número de miliciano 1331.
3. Mayúsculas en el original.
4. Raúl Castro.
5. Juan Almeida Bosque. Escritor y vicepresidente del Consejo de Estado de Cuba, participó del asalto al cuartel Moncada y fue comandante de un frente guerrillero en la Sierra Maestra. Ha escrito varios libros testimoniales, entre ellos Desembarco (1988) y Sierra Maestra (1989)





jueves, 7 de abril de 2011

Otra lección lejos del pizarrón, un miércoles 4 de abril...*

                                                                   Lucas Quinto


El 4 de abril pasado se cumplieron 4 años del asesinato de Carlos Fuentealba, docente de Arroyito, Neuquén.
Ese día de 2007,  él y sus compañeros, tras un mes de paro, decidieron hacer más fuerte la protesta y cortaron la ruta 22 exigiendo recomposición salarial y pase a planta de los trabajadores de planes sociales.
La policia del entonces gobernador Sobisch se cargó una vez más su traje de verdugo y respondió con una brutal represión.
Con broca, con indignación y seguramente también con miedo,los docentes corrieron para que no los alcancen los gases  y las balas. También lo hacia Carlos, hasta que un proyectil de gas lacrimógeno impactó en su cabeza.
Murió a las pocas horas dejando una lección que no olvidaremos nunca.

A 4 años seguimos exigiendo juicio a los culpables.

Para recordarlo a la manera de El Altillo les dejamos una canción  que forma parte de uno de los tantos cd's homenaje a Carlos Fuentealba.



Fuentealba, Fuenteovejuna- Rafael Amor
Fuentealba,
Fuenteovejuna,
ante la impunidad
Todos a una.
Con la muerte en la nuca cayó el maestro,
armado hasta los dientes de abecedario,
de razones de pobre siempre olvidado,
armado de esperanzas para ir luchando.
Con su filo de escarcha y por la espalda,
un puñal traicionero de sombra helada,
paralizó el latido de Fuentealba.
Con nombres y apellidos la muerte mata.
Por las calles que el pueblo vuelve más anchas,
corre a mares la sangre de los que
marchan,
pero crecen las voces dura y airadas
y avanzan a pie firme por el mañana
con Teresa Rodríguez y Fuentealba.

*Fragmento de "Permiso para hablar", canción de Fernando “Rahe” Israilevich,