jueves, 25 de agosto de 2011

Reunion- Julio Cortázar

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Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un
tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida.
Ernesto Che Guevara

En La sierra y el llano

La Habana, 1961.
Nada podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y babas, hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se conservaba seco porque Luis (que no se llamaba Luis, pero habíamos jurado no acordarnos de nuestros nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena idea de meterlo en una caja de lata que abríamos con más cuidado que si estuviera llena de escorpiones. Pero qué tabaco ni tragos de ron en esa condenada lancha, bamboleándose cinco días como una tortuga borracha, haciéndole frente a un norte que la cacheteaba sin lástima, y ola va y ola viene, los baldes despellejándonos las manos, yo con un asma del demonio y medio mundo enfermo, doblándose para vomitar como si fueran a partirse por la mitad. Hasta Luis, la segunda noche, una bilis verde que le sacó las ganas de reírse, entre eso y el norte que no nos dejaba ver el faro de Cabo Cruz, un desastre que nadie se había imaginado; y llamarle a eso un expedición de desembarco era como para seguir vomitando pero de pura tristeza. En fin, cualquier cosa con tal de dejar atrás la lancha, cualquier cosa aunque fuera lo que nos esperaba en tierra –pero sabíamos que nos estaba esperando y por eso no importaba tanto–, el tiempo que se compone justamente en el peor momento y zas la avioneta de reconocimiento, nada que hacerle, a vadear la ciénaga o lo que fuera con el agua hasta las costillas buscando el abrigo de los sucios pastizales, de los mangles, y yo como un idiota con mi pulverizador de adrenalina para poder seguir adelante, con Roberto que me llevaba el Springfield para ayudarme a vadear mejor la ciénaga (si era una ciénaga, porque a muchos ya se nos había ocurrido que a lo mejor habíamos errado el rumbo y que en vez de tierra firme habíamos hecho la estupidez de largarnos en algún cayo fangoso dentro del mar, a veinte millas de la isla...); y todo así, mal pensado y peor dicho, en una continua confusión de actos y nociones, una mezcla de alegría inexplicable y de rabia contra la maldita vida que nos estaban dando los aviones y lo que nos esperaba del lado de la carretera si llegábamos alguna vez, si estábamos en una ciénaga de la
costa y no dando vueltas como alelados en un circo de barro y de total fracaso para diversión
del babuino en su Palacio.
Ya nadie se acuerda cuánto duró, el tiempo lo medíamos por los claros entre los pastizales, los tramos donde podían ametrallarnos en picada, el alarido que escuché a mi izquierda, lejos, y creo fue de Roque (a él le puedo dar su nombre, a su pobre esqueleto entre las lianas y los sapos), porque de los planes ya no quedaba más que la meta final, llegar a la Sierra y reunirnos con Luis si también él conseguía llegar; el resto se había hecho trizas con el norte, el desembarco improvisado, los pantanos. Pero seamos justos: algo se cumplía sincronizadamente, el ataque de los aviones enemigos. Había sido previsto y provocado: no falló. Y por eso, aunque todavía me doliera en la cara el aullido de Roque, mi maligna manera de entender el mundo me ayudaba a reírme por lo bajo (y me ahogaba todavía más, y Roberto me llevaba el Springfield para que yo pudiese inhalar adrenalina con la nariz casi al borde del agua, tragando más barro que otra cosa), porque si los aviones estaban ahí entonces no podía ser que hubiéramos equivocado la playa, a lo sumo nos habíamos desviado algunas millas, pero la carretera estaría detrás de los pastizales, y después el llano abierto y en el norte las primeras colinas. Tenía su gracia que el enemigo nos estuviera certificando desde el aire la bondad del desembarco.
Duró vaya a saber cuánto, y después fue de noche y éramos seis debajo de unos flacos árboles, por primera vez en terreno casi seco, mascando tabaco húmedo y unas pobres galletas. De Luis, de Pablo, de Lucas, ninguna noticia; desperdigados, probablemente muertos, en todo caso tan perdidos y mojados como nosotros. Pero me gustaba sentir cómo con el fin de esa jornada de batracio se me empezaban a ordenar las ideas, y cómo la muerte, más probable que nunca, no sería ya un balazo al azar en plena ciénaga, sino una operación dialéctica en seco, perfectamente orquestada por las partes en juego. El ejército debía controlar la carretera, cercando los pantanos a la espera de que apareciéramos de a dos o de a tres, liquidados por el barro y las alimañas y el hambre. Ahora todo se veía clarísimo, tenía otra vez los puntos cardinales en el bolsillo, me hacía reír sentirme tan vivo y tan despierto al borde del epílogo. Nada podía resultarme más gracioso que hacer rabiar a Roberto recitándole al oído unos versos del viejo Pancho que le parecían abominables. “Si por lo menos nos pudiéramos sacar el barro”, se quejaba el Teniente. “O fumar de verdad” (alguien, más a la izquierda, ya no sé quién, alguien que se perdió al alba). Organización de la agonía: centinelas, dormir por turnos, mascar tabaco, chupar galletas infladas como esponjas. Nadie mencionaba a Luis, el temor de que lo hubieran matado era el único enemigo real, porque su confirmación nos anularía mucho más que el acoso, la falta de armas o las llagas en los pies. Sé que dormí un rato mientras Roberto velaba, pero antes estuve pensando que todo lo que habíamos hecho en esos días era demasiado insensato para admitir así de golpe la posibilidad de que hubieran matado a Luis. De alguna manera la insensatez tendría que continuar hasta el final, que quizá fuera la victoria, y en ese juego absurdo donde se había llegado hasta el escándalo de prevenir al enemigo que desembarcaríamos, no entraba la posibilidad de perder a Luis. Creo que también pensé que si triunfábamos, que si conseguíamos reunirnos otra vez con Luis, sólo entonces empezaría el juego en serio, el rescate de tanto romanticismo necesario y desenfrenado y peligroso. Antes de dormirme tuve como una visión: Luis junto a un árbol, rodeado por todos nosotros, se llevaba lentamente la mano a la cara y se la quitaba como si fuese una máscara. Con la cara en la mano se acercaba a su hermano Pablo, a mí, al Teniente, a Roque, pidiéndonos con un gesto que la aceptáramos, que nos la pusiéramos. Pero todos se iban negando uno a uno, y yo también me negué, sonriendo hasta las lágrimas, y entonces Luis volvió a ponerse la cara y le vi un cansancio infinito mientras se encogía de hombros y sacaba un cigarro del bolsillo de la guayabera. Profesionalmente hablando, una alucinación de la duermevela y la fiebre, fácilmente interpretable. Pero si realmente habían matado a Luis durante el desembarco, ¿quién subiría ahora a la Sierra con su cara? Todos trataríamos de subir pero nadie con la cara de Luis, nadie que pudiera o quisiera asumir la cara de Luis. “Los diádocos”, pensé ya entredormido, “pero todo se fue al diablo con los diádocos, es sabido”. Aunque esto que cuento pasó hace rato, quedan pedazos y momentos tan recortados en la memoria que sólo se pueden decir en presente, como estar tirado otra vez boca arriba en el pastizal, junto al árbol que nos protege del cielo abierto. Es la tercera noche, pero al amanecer de ese día franqueamos la carretera a pesar de los jeeps y la metralla. Ahora hay que esperar otro amanecer porque nos han matado al baqueano y seguimos perdidos, habrá que dar con algún paisano que nos lleve a donde se pueda comprar algo de comer, y cuando digo comprar casi me da risa y me ahogo de nuevo, pero en eso como en lo demás a nadie se le ocurriría desobedecer a Luis, y la comida hay que pagarla y explicarle antes a la gente quiénes somos y por qué andamos en lo que andamos. La cara de Roberto en la choza abandonada de la loma, dejando cinco pesos debajo de un plato a cambio de la poca cosa que encontramos y que sabía a cielo, a comida en el “Ritz” si es que ahí se come bien. Tengo tanta fiebre que se me va pasando el asma, no hay mal que por bien no venga, pero pienso de nuevo en la cara de Roberto dejando los cinco pesos en la choza vacía, y me da un tal ataque de risa que vuelvo a ahogarme y me maldigo. Habría que dormir, Tinti monta la guardia, los muchachos descansan unos contra otros, yo me he ido un poco más lejos porque tengo la impresión de que los fastidio con la tos y los silbidos del pecho, y además hago una cosa que no debería hacer, y es que dos o tres veces en la noche fabrico una pantalla de hojas y meto la cara por debajo y enciendo despacito el cigarro para reconciliarme un poco con la vida. En el fondo lo único bueno del día ha sido no tener noticias de Luis, el resto es un desastre, de los ochenta nos han matado por lo menos a cincuenta o sesenta; Javier cayó entre los primeros, el Peruano perdió un ojo y agonizó tres horas sin que yo pudiera hacer nada, ni siquiera rematarlo cuando los otros no miraban. Todo el día temimos que algún enlace (hubo tres con un riesgo increíble, en las mismas narices del ejército) nos trajera la noticia de la muerte de Luis. Al final es mejor no saber nada, imaginarlo vivo, poder esperar todavía. Fríamente peso las posibilidades y concluyo que lo han matado, todos sabemos cómo es, de qué manera el gran condenado es capaz de salir al descubierto con una pistola en la mano, y el que venga atrás que arree. No, pero López lo habrá cuidado, no hay como él para engañarlo a veces, casi como a un chico, convencerlo de que tiene que hacer lo contrario de lo que le da la gana en ese momento. Pero y si López... Inútil quemarse la sangre, no hay elementos pan la menor hipótesis, y además es rara esta calma, este bienestar boca arriba como si todo estuviera bien así, como si todo se estuviera cumpliendo (casi pensé: “consumando”, hubiera sido idiota) de conformidad con los planes. Será la fiebre o el cansancio, será que nos van a liquidar a todos como a sapos antes de que salga el sol. Pero ahora vale la pena aprovechar de este respiro absurdo, dejarse ir mirando el dibujo que hacen las ramas del árbol contra el cielo más claro, con algunas estrellas, siguiendo con ojos entornados ese dibujo casual de las ramas y las hojas, esos ritmos que se encuentran, se cabalgan y se separan, y a veces cambian suavemente cuando una bocanada de aire hirviendo pasa por encima de las copas, viniendo de las ciénagas. Pienso en mi hijo pero está lejos, a miles de kilómetros, en un país donde todavía se duerme en la cama, y su imagen me parece irreal, se me adelgaza y pierde entre las hojas del árbol, y en cambio me hace tanto bien recordar un tema de Mozart que me ha acompañado desde siempre, el movimiento inicial del cuarteto La caza, la evocación del halalí en la mansa voz de los violines, esa transposición de una ceremonia salvaje a un claro goce pensativo. Lo pienso, lo repito, lo canturreo en la memoria, y siento al mismo tiempo cómo la melodía y el dibujo de la copa del árbol contra el cielo se van acercando, traban amistad, se tantean una y otra vez hasta que el dibujo se ordena de pronto en la presencia visible de la melodía, un ritmo que sale de una rama baja, casi a la altura de mi cabeza, remonta hasta cierta altura y se abre como un abanico de tallos, mientras el segundo violín es esa rama más delgada que se yuxtapone para confundir sus hojas en un punto situado a la derecha, hacia el final de la frase, y dejarla terminar para que el ojo descienda por el tronco y pueda si quiere, repetir la melodía. Y todo eso es también nuestra rebelión, es lo que estamos haciendo aunque Mozart y el árbol no puedan saberlo, también nosotros a nuestra manera hemos querido trasponer una torpe  guerra a un orden que le dé sentido, la justifique y en último término la lleve a una victoria que sea como la restitución de una melodía después de tantos años de roncos cuernos de caza, que sea ese allegro final que sucede al adagio como un encuentro con la luz. Lo que se divertiría Luis si supiera que en este momento lo estoy comparando con Mozart, viéndolo ordenar poco a poco esta insensatez, alzarla hasta su razón primordial que aniquila con su evidencia y su desmesura todas las prudentes razones temporales. Pero qué amarga, qué desesperada tarea la de ser un músico de hombres, por encima del barro y la metralla y el desaliento urdir ese canto que creíamos imposible, el canto que trabará amistad con la copa de los árboles, con la tierra devuelta a sus hijos. Sí, es la fiebre. Y cómo se reiría Luis aunque también a él le guste Mozart, me consta. Y así al final me quedaré dormido, pero antes alcanzaré a preguntarme si algún día sabremos pasar del movimiento donde todavía suena el halalí del cazador, a la conquistada plenitud del adagio y de ahí al allegro final que me canturreo con un hilo de voz, si seremos capaces de alcanzar la reconciliación con todo lo que haya quedado vivo frente a nosotros.
Tendríamos que ser como Luis, no ya seguirlo, sino ser como él, dejar atrás inapelablemente el odio y la venganza, mirar al enemigo como lo mira Luis, con una implacable magnanimidad que tantas veces ha suscitado en mi memoria (pero esto, ¿cómo decírselo a nadie?) una imagen de pantocrátor, un juez que empieza por ser el acusado y el testigo y que no juzga, que simplemente separa las tierras de las aguas para que al fin, alguna vez, nazca una patria de hombres en un amanecer tembloroso, a orillas de un tiempo más limpio.
Pero otra que adagio, si con la primera luz se nos vinieron encima por todas partes, y hubo que renunciar a seguir hacia el noreste y meterse en una zona mal conocida, gastando las últimas municiones mientras el Teniente con un compañero se hacía fuerte en una loma y desde ahí les paraba un rato las patas, dándonos tiempo a Roberto y a mí para llevarnos a Tinti herido en un muslo y buscar otra altura más protegida donde resistir hasta la noche. De noche ellos no atacaban nunca, aunque tuvieran bengalas y equipos eléctricos, les entraba como un pavor de sentirse menos protegidos por el número y el derroche de armas; pero para la noche faltaba casi todo el día, y éramos apenas cinco contra esos muchachos tan valientes que nos hostigaban para quedar bien con el babuino, sin contar los aviones que a cada rato picaban en los claros del monte y estropeaban cantidad de palmas con sus ráfagas.
A la media hora el Teniente cesó el fuego y pudo reunirse con nosotros, que apenas adelantábamos camino. Como nadie pensaba en abandonar a Tinti, porque conocíamos de sobra el destino de los prisioneros, pensamos que ahí, en esa ladera y en esos matorrales íbamos a quemar los últimos cartuchos. Fue divertido descubrir que los regulares atacaban en cambio una loma bastante más al este, engañados por un error de la aviación, y ahí nomás nos largamos cerro arriba por un sendero infernal, hasta llegar en dos horas a una loma casi pelada donde un compañero tuvo el ojo de descubrir una cueva tapada por las hierbas, y nos plantamos resollando después de calcular una posible retirada directamente hacia el norte, de peñasco en peñasco, peligrosa, pero hacia el norte, hacia la Sierra donde a lo mejor ya habría llegado Luis.
Mientras yo curaba a Tinti desmayado, el Teniente me dijo que poco antes del ataque de los regulares al amanecer había oído un fuego de armas automáticas y de pistolas hacia el poniente. Podía ser Pablo con sus muchachos, o a lo mejor el mismo Luis. Teníamos la razonable convicción de que los sobrevivientes estábamos divididos en tres grupos, y quizá el de Pablo no anduviera tan lejos. El Teniente me preguntó si no valdría la pena intentar un enlace al caer la noche.
–Si vos me preguntás eso es porque te estás ofreciendo para ir –le dije. Habíamos acostado a Tinti en una cama de hierbas secas, en la parte más fresca de la cueva, y fumábamos descansando. Los otros dos compañeros montaban guardia afuera. –Te figuras –dijo el Teniente, mirándome divertido–. A mí estos paseos me encantan, chico.
Así seguimos un rato, cambiando bromas con Tinti que empezaba a delirar, y cuando el Teniente estaba por irse entró Roberto con un serrano y un cuarto de chivito asado. No lo podíamos creer, comimos como quien se come a un fantasma, hasta que Tinti mordisqueó un pedazo que se le fue a las dos horas junto con la vida. El serrano nos traía la noticia de la muerte de Luis; no dejamos de comer por eso, pero era mucha sal para tan poca carne, él no lo había visto aunque su hijo mayor, que también se nos había pegado con una vieja escopeta de caza, formaba parte del grupo que había ayudado a Luis y a cinco compañeros a vadear un río bajo la metralla, y estaba seguro de que Luis había sido herido casi al salir del agua y antes de que pudiera ganar las primeras matas. Los serranos habían trepado al monte que conocían como nadie, y con ellos dos hombres del grupo de Luis, que llegarían por la noche con las armas sobrantes y un poco de parque.
El Teniente encendió otro cigarro y salió a organizar el campamento y a conocer mejor a los nuevos; yo me quedé al lado de Tinti que se derrumbaba lentamente, casi sin dolor. Es decir que Luis había muerto, que el chivito estaba para chuparse los dedos, que esa noche seríamos nueve o diez hombres y que tendríamos municiones para seguir peleando. Vaya novedades. Era como una especie de locura fría que por un lado reforzaba al presente con hombres y alimentos, pero todo eso para borrar de un manotazo el futuro, la razón de esa insensatez que acababa de culminar con una noticia y un gusto a chivito asado. En la oscuridad de la cueva, haciendo durar largo mi cigarro, sentí que en ese momento no podía permitirme el lujo de aceptar la muerte de Luis, que solamente podía manejarla como un dato más dentro del plan de campaña, porque si también Pablo había muerto el jefe era yo por voluntad de Luis, y eso lo sabían el Teniente y todos los compañeros, y no se podía hacer otra cosa que tomar el mando y llegar a la Sierra y seguir adelante como si no hubiera pasado nada. Creo que cerré los ojos, y el recuerdo de mi visión fue otra vez la visión misma, y por un segundo me pareció que Luis se separaba de su cara y me la tendía, y yo defendí mi cara con las dos manos diciendo: “No, no, por favor no, Luis”, y cuando abrí los ojos el Teniente estaba de vuelta mirando a Tinti que respiraba resollando, y le oí decir que acababan de agregársenos dos muchachos del monte, una buena noticia tras otra, parque y boniatos fritos, un botiquín, los regulares perdidos en las colinas del este, un manantial  estupendo a cincuenta metros. Pero no me miraba en los ojos, mascaba el cigarro y parecía esperar que yo dijera algo, que fuera yo el primero en volver a mencionar a Luis.
Después hay como un hueco confuso, la sangre se fue de Tinti y él de nosotros, los serranos se ofrecieron para enterrarlo, yo me quedé en la cueva descansando aunque olía a vómito y a sudor frío, y curiosamente me dio por pensar en mi mejor amigo de otros tiempos, de antes de esa cesura en mi vida que me había arrancado a mi país para lanzarme a miles de kilómetros, a Luis, al desembarco en la isla, a esa cueva. Calculando la diferencia de hora imaginé que en ese momento, miércoles, estaría llegando a su consultorio, colgando el sombrero en la percha, echando una ojeada al correo. No era una alucinación, me bastaba pensar en esos años en que habíamos vivido tan cerca uno de otro en la ciudad,
compartiendo la política, las mujeres y los libros, encontrándonos diariamente en el hospital; cada uno de sus gestos me era tan familiar, y esos gestos no eran solamente los suyos sino que abarcaban todo mi mundo de entonces, a mí mismo, a mi mujer, a mi padre, abarcaban mi periódico con sus editoriales inflados, mi café a mediodía con los médicos de guardia, mis lecturas y mis películas y mis ideales. Me pregunté qué estaría pensando mi amigo de todo esto, de Luis o de mí, y fue como si viera dibujarse la respuesta en su cara (pero entonces era la fiebre, habría que tomar quinina), una cara pagada de sí misma, empastada por la buena vida y las buenas ediciones y la eficacia del bisturí acreditado. Ni siquiera hacía falta que abriera la boca para decirme yo pienso que tu revolución no es más que... No era en absoluto necesario, tenía que ser así, esas gentes no podían aceptar una mutación que ponía en descubierto las verdaderas razones de su misericordia fácil y a horario, de su caridad reglamentada y a escote, de su bonhomía entre iguales, de su antirracismo de salón pero cómo la nena se va a casar con ese mulato, che, de su catolicismo con dividendo anual y efemérides en las plazas embanderadas, de su literatura de tapioca, de su folklorismo en ejemplares numerados y mate con virola de plata, de sus reuniones de cancilleres genuflexos, de su estúpida agonía inevitable a corto o largo plazo (quinina, quinina, y de nuevo el asma). Pobre amigo, me daba lástima imaginarlo defendiendo como un idiota precisamente los falsos valores que iban a acabar con él o en el mejor de los casos con sus hijos; defendiendo el derecho feudal a la propiedad y a la riqueza ilimitadas, él que no tenía más que su consultorio y una casa bien puesta, defendiendo los principios de la Iglesia cuando el catolicismo burgués de su mujer no había servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes, defendiendo una supuesta libertad individual cuando la policía cerraba las universidades y censuraba las publicaciones, y defendiendo por miedo, por el horror al cambio, por el escepticismo y la desconfianza que eran los únicos dioses vivos en su pobre país perdido. Y en eso estaba cuando entró el Teniente a la carrera y me gritó que Luis vivía, que acababan de cerrar un enlace con el norte, que Luis estaba más vivo que la madre de la chingada, que había llegado a lo alto de la Sierra con cincuenta guajiros y todas las armas que les habían sacado a un batallón de regulares copado en una hondonada, y nos abrazamos como idiotas y dijimos esas cosas que después, por largo rato, dan rabia y vergüenza y perfume, porque eso y comer chivito asado y echar para adelante era lo único que tenía sentido, lo único que contaba y crecía mientras no nos animábamos a mirarnos en los ojos y encendíamos cigarros con el mismo tizón, con los ojos clavados atentamente en el tizón y secándonos las lágrimas que el humo nos arrancaba de acuerdo con sus conocidas propiedades lacrimógenas.
Ya no hay mucho que contar, al amanecer uno de nuestros serranos llevó al Teniente y a Roberto hasta donde estaban Pablo y tres compañeros, y el Teniente subió a Pablo en brazos porque tenía los pies destrozados por las ciénagas. Ya éramos veinte, me acuerdo de Pablo abrazándome con su manera rápida y expeditiva, y diciéndome sin sacarse el cigarrillo de la boca: “Si Luis está vivo, todavía podemos vencer”, y yo vendándole los pies que era una belleza, y los muchachos tomándole el pelo porque parecía que estrenaba zapatos blancos y diciéndole que su hermano lo iba a regañar por ese lujo intempestivo. “Que me regañe”, bromeaba Pablo fumando como un loco, “para regañar a alguien hay que estar vivo, compañero, y ya oíste que está vivo, vivito, está más vivo que un caimán, y vamos arriba ya mismo, mira que me has puesto vendas, vaya lujo...”. Pero no podía durar, con el sol vino el plomo de arriba y abajo, ahí me tocó un balazo en la oreja que si acierta dos centímetros más cerca, vos, hijo, que a lo mejor leés todo esto, te quedás sin saber en las que anduvo tu viejo.
Con la sangre y el dolor y el susto las cosas se me pusieron estereoscópicas, cada imagen seca y en relieve, con unos colores que debían ser mis ganas de vivir y además no me pasaba nada, un pañuelo bien atado y a seguir subiendo; pero atrás se quedaron dos serranos, y el segundo de Pablo con la cara hecha un embudo por una bala cuarenta y cinco. En esos momentos hay tonterías que se fijan para siempre; me acuerdo de un gordo, creo que también del grupo de Pablo, que en lo peor de la pelea quería refugiarse detrás de una caña, se ponía de perfil, se arrodillaba detrás de la caña, y sobre todo me acuerdo de ese que se puso a gritar que había que rendirse, y de la voz que le contestó entre dos ráfagas de Thompson, la voz del Teniente, un bramido por encima de los tiros, un: “¡Aquí no se rinde nadie, carajo!”, hasta que el más chico de los serranos, tan callado y tímido hasta entonces, me avisó que había una senda a cien metros de ahí, torciendo hacia arriba y a la izquierda, y yo se lo grité al Teniente y me puse a hacer punta con los serranos siguiéndome y tirando como demonios, en pleno bautismo de fuego y saboreándolo que era un gusto verlos, y al final nos fuimos juntando al pie de la ceiba donde nacía el sendero y el serranito trepó y nosotros atrás, yo con un asma que no me dejaba andar y el pescuezo con más sangre que un chancho degollado, pero seguro de que también ese día íbamos a escapar y no sé por qué, pero era evidente como un teorema que esa misma noche nos reuniríamos con Luis.
Uno nunca se explica cómo deja atrás a sus perseguidores, poco a poco ralea el fuego, hay las consabidas maldiciones y “cobardes, se rajan en vez de pelear”, entonces de golpe es el silencio, los árboles que vuelven a aparecer como cosas vivas y amigas, los accidentes del terreno, los heridos que hay que cuidar, la cantimplora de agua con un poco de ron que corre de boca en boca, los suspiros, alguna queja, el descanso y el cigarro, seguir adelante, trepar siempre aunque se me salgan los pulmones por las orejas, y Pablo diciéndome oye, me los hiciste del cuarenta y dos y yo calzo del cuarenta y tres, compadre, y la risa, lo alto de la loma, el ranchito donde un paisano tenía un poco de yuca con mojo y agua muy fresca, y Roberto, tesonero y concienzudo, sacando sus cuatro pesos para pagar el gasto y todo el mundo, empezando por el paisano, riéndose hasta herniarse, y el mediodía imitando a esa siesta que había que rechazar como si dejáramos irse a una muchacha preciosa mirándole las piernas hasta lo último.
Al caer la noche el sendero se empinó y se puso más que difícil, pero nos relamíamos pensando en la posición que había elegido Luis para esperarnos, por ahí no iba a subir ni un gamo. “Vamos a estar como en la iglesia”, decía Pablo a mi lado, “hasta tenemos el armonio”, y me miraba zumbón mientras yo jadeaba una especie de pasacaglia que solamente a él le hacía gracia. No me acuerdo muy bien de esas horas, anochecía cuando llegamos al último centinela y pasamos uno tras otro, dándonos a conocer y respondiendo por los serranos, hasta salir por fin al claro entre los árboles donde estaba Luis apoyado en un tronco, naturalmente con su gorra de interminable visera y el cigarro en la boca. Me costó el alma quedarme atrás, dejarlo a Pablo que corriera y se abrazara con su hermano, y entonces esperé que el Teniente y los otros fueran también y lo abrazaran, y después puse en el suelo el botiquín y el Springfield y con las manos en los bolsillos me acerqué y me quedé mirándolo, sabiendo lo que iba a decirme, la broma de siempre:
–Mira que usar esos anteojos –dijo Luis.
–Y vos esos espejuelos –le contesté, y nos doblamos de risa, y su quijada contra mi cara me  hizo doler el balazo como el demonio, pero era un dolor que yo hubiera querido prolongar más allá de la vida.
–Así que llegaste, che –dijo Luis.
Naturalmente, decía “che” muy mal.
––¿Qué tú crees? –le contesté, igualmente mal. Y volvimos a doblarnos como idiotas, y medio mundo se reía sin saber por qué. Trajeron agua y las noticias, hicimos la rueda mirando a Luis, y sólo entonces nos dimos cuenta de cómo había enflaquecido y cómo le brillaban los ojos detrás de los jodidos espejuelos.
Más abajo volvían a pelear, pero el campamento estaba momentáneamente a cubierto. Se pudo curar a los heridos, bañarse en el manantial, dormir, sobre todo dormir, hasta Pablo que tanto quería hablar con su hermano. Pero como el asma es mi amante y me ha enseñado a aprovechar la noche, me quedé con Luis apoyado en el tronco de un árbol, fumando y mirando los dibujos de las hojas contra el cielo, y nos contamos de a ratos lo que nos había pasado desde el desembarco, pero sobre todo hablamos del futuro, de lo que iba a empezar cuando llegara el día en que tuviéramos que pasar del fusil al despacho con teléfonos, de la Sierra a la ciudad, y yo me acordé de los cuernos de caza y estuve a punto de decirle a Luis lo que había pensado aquella noche, nada más que para hacerlo reír. Al final no le dije nada, pero sentía que estábamos entrando en el adagio del cuarteto, en una precaria plenitud de pocas horas que sin embargo era una certidumbre, un signo que no olvidaríamos. Cuántos cuernos de caza esperaban todavía, cuántos de nosotros dejaríamos los huesos como Roque, como Tinti, como el Peruano. Pero bastaba mirar la copa del árbol para sentir que la voluntad ordenaba otra vez su caos, le imponía el dibujo del adagio que alguna vez ingresaría en el allegro final, accedería a una realidad digna de ese nombre. Y mientras Luis me iba poniendo el tanto de las noticias internacionales y de lo que pasaba en la capital y en las provincias, yo veía cómo las hojas y las ramas se plegaban poco a poco a mi deseo, eran mi melodía, la melodía de Luis que seguía hablando ajeno a mi fantaseo, y después vi inscribirse una estrella en el centro del dibujo, y era una estrella pequeña y muy azul, aunque no sé nada de astronomía y no hubiera podido decir si era una estrella o un planeta, en cambio me sentí seguro de que no era Marte ni Mercurio, brillaba demasiado en el centro del adagio, demasiado en el centro de las palabras de Luis como para que alguien pudiera confundirla con Marte o con Mercurio.

viernes, 19 de agosto de 2011

Entrevista a Marcos Osatinsky (FAR), Mario Roberto Santucho (PRT-ERP), y Fernando Vaca Narvaja (Montoneros)
Revista Punto Final, Chile. 12 de noviembre de 1972.  

Sobre la matanza de Trelew, en Santiago de Chile, respuestas de Mario Roberto Santucho (PRT-ERP), Marcos Osatinsky (FAR) y Fernando Vaca Narvaja (Montoneros) al cuestionario que les presentó la revista chilena de izquierda Punto Final poco antes de que partieran hacia La Habana. Publicadas en la edición del 12 de noviembre de 1972.
¿Cómo se enteraron ustedes de la matanza de sus compañeros en la base aeronaval de Trelew? ¿Cuándo les llegó la noticia y cuál fue la reacción de ustedes?
Santucho: Primero nos llegó a través de los diarios y de la radio. Después, en la noche del 22, nos fue confirmada por el director de investigaciones, quien nos dio los nombres de los compañeros muertos. Está claro que la acción de la dictadura fue perfectamente consciente, planificada, pensada y selectiva, en el sentido de que se dirigió contra cuadros de nuestras organizaciones, contra compañeros que expresaban lo mejor de nuestro pueblo, la vanguardia revolucionaria del pueblo argentino. El enemigo conocía su capacidad, sus características. Por el temor irracional que siente ante la lucha revolucionaria, porque ve a los revolucionarios como su enterrador, fue llevado a esta acción, pese a que se tomaron todos los recaudos, a que se movilizaron sectores del pueblo en la Argentina, organizaciones de masa, sindicales, comisiones de solidaridad.
Una semana después, la dictadura se decidió por la eliminación física de estos compañeros. Porque tal es su temor a cada uno de estos combatientes revolucionarios que prefieren afrontar todas las consecuencias políticas en una acción de este tipo y no tener que enfrentar a un grupo de compañeros como los que asesinaron. En esto son coherentes con la situación de nuestro país desde que se estableció la dictadura militar de Onganía. Desde entonces se produce esta forma de violencia desesperada del partido militar, que se debate para mantener el capitalismo en la Argentina. Frente al embate de las masas, ha creado la situación de un ejercicio de la violencia permanente contra el pueblo argentino.
Ante eso, nuestro pueblo se ha movilizado también violentamente. Ha aceptado el desafío y se expresa tanto en las movilizaciones del conjunto del pueblo como en la existencia y desarrollo de nuestras organizaciones. El pueblo argentino aceptó llevar la lucha al terreno planteado por el enemigo, y lo hace masivamente y de manera organizada.
Esta dinámica irreversible ha de continuar desarrollándose en el doble terreno de la lucha armada y la lucha no armada de las masas. En este proceso se forjarán y crecerán las organizaciones guerrilleras, convirtiéndose en fuerzas poderosas. Apoyado sobre esta fuerza militar revolucionaria, nuestro pueblo terminará por derribar al partido militar, destruir el injusto sistema capitalista y establecer una perspectiva de felicidad para nuestro pueblo y de independencia para nuestra patria en el socialismo.
¿Podría informar cuáles eran las características de los compañeros asesinados en Trelew?
Santucho: Los compañeros pertenecían a un grupo seleccionado para salir. Eran los mejores compañeros. Al reducirse la perspectiva de sacar a todos, salen los compañeros más necesarios. De manera que esos diecinueve compañeros formaban el grupo de los más capaces, más experimentados y mejores que había en el penal.
¿Ustedes creen que la masacre es una represalia por la fuga?
Santucho: Efectivamente. Es un derivado de la fuga y una expresión de la desesperación de la dictadura ante su incapacidad para controlar a los revolucionarios.
¿Qué significado tiene para el futuro de la lucha revolucionaria argentina que tres organizaciones, dos peronistas y una marxista-leninista, se hayan unido en un operativo para escapar de Rawson?
Santucho: Sin duda refleja un aspecto muy importante del proceso revolucionario argentino, como es la tendencia a la unidad de las fuerzas revolucionarias. En nuestro país, la debilidad y la falta de profundidad del proceso revolucionario han caracterizado hasta ahora la lucha de liberación de nuestro pueblo. Esto se ha reflejado en alguna medida en la debilidad y fraccionamiento de las organizaciones revolucionarias. Esto ha sido una característica permanente de nuestro proceso en los últimos años. Bajo ese signo se comenzó a desarrollar la lucha armada en la Argentina, con multiplicidad de siglas, alrededor de ocho a diez, que combatían al mismo enemigo por separado.
Uno de los principios de la lucha revolucionaria es la unidad. La unidad de dirección, la unidad de organización, la centralización de las organizaciones revolucionarias. Con el desarrollo de la lucha en Argentina, se han ido dando condiciones, primero para un acercamiento y después para un estrechamiento de los lazos entre las distintas organizaciones revolucionarias que tienen ahora su expresión más elevada en esta acción de Rawson. Es importante señalar que esto ha sido un hito de la tendencia hacia la unificación de las organizaciones armadas.
Esto no es de ninguna manera casual ni circunstancial, es producto del estrechamiento de los vínculos entre nuestras organizaciones. En esto jugó un papel importante la convivencia en los penales de compañeros de distintas organizaciones, lo que ha permitido un conocimiento más amplio, una comprensión mayor de la unidad de objetivos y el comienzo de una discusión política muy rica. Ha dado, como uno de sus primeros resultados, la importante acción de Rawson. Antes se habían dado ya pasos fundamentales con la acción contra [el general Juan Carlos] Sánchez hecha por las FAR y el ERP. Ahora han sido tres organizaciones: dos peronistas y nuestra organización. Esto significa un paso más en el avance hacia la unificación.
¿Cuáles son las bases para la reunión de los revolucíonarios de las distintas organizaciones que actúan en la Argentina?
Santucho: Tenemos una convergencia en los aspectos fundamentales. Todas las organizaciones armadas
tenemos el mismo objetivo: la instauración del socialismo en nuestra patria. Asimismo, hay una convergencia de todas las organizaciones en la concepción de la lucha revolucionaria en el país, es decir, se coincide también en forma completa en cuanto a que la estrategia para tomar el poder en Argentina es una estrategia de guerra revolucionaria. El socialismo y la guerra revolucionaria son las bases para la unificación de las organizaciones armadas.
En este momento existe la certeza de que ustedes dentro de un rato viajarán a Cuba. ¿Cuáles son sus proyectos futuros?
Santucho: Bien, nosotros pensamos, primero que nada, saludar a los compañeros del pueblo cubano, al gobierno cubano, al compañero Fidel, a todos los compañeros revolucionarios de Cuba. Allí veremos cómo resolvemos los diversos problemas que tenemos, siempre, claro, en la perspectiva de continuar con más energías, si es posible, la lucha revolucionaria en nuestra patria.
Con respecto al pueblo chileno, queremos dejar un saludo y un agradecimiento de todos nosotros, especialmente para los centenares y miles de compañeros que salieron a la calle en ejercicio del internacionalismo proletario, con lo que hicieron posible la solución más favorable para los intereses de nuestra revolución, de la revolución argentina, que son también los intereses del pueblo revolucionario chileno, de la revolución chilena, y de la revolución latinoamericana.
Las FAR, como fuerzas armadas revolucionarias, son una organización que se ubica entre el peronismo de los Montoneros y el marxismo-leninismo del ERP. Desde ese punto de vista, ¿qué importancia le dan ustedes a la acción realizada?
Osatinski: Los revolucionarios acostumbramos hacer una evaluación de la correlación de fuerzas, para de ahí sacar conclusiones y marcarnos objetivos que permitan ir avanzando en nuestras estrategias para la toma del poder y la construcción del socialismo en nuestro país. La relación de fuerzas existente en nuestra sociedad marca un franco retroceso en las fuerzas enemigas, de las fuerzas del campo oligárquico-imperialista, y un franco avance de las fuerzas del pueblo.
Sin embargo, nuestro enemigo se mueve, tiene un margen de maniobra. Ese margen de maniobra no se da por contar con un apoyo político-social, se da por las debilidades del campo popular. Por eso es más concreto el planteo de la unidad. Por constituir las organizaciones armadas el germen del futuro ejército popular, por constituir las organizaciones armadas las organizaciones que con mayor claridad, en cuanto a sus objetivos políticos y en cuanto al método de lucha que emplean, los que se mostraron con mayor consecuencia, claridad y eficacia en cuanto a encontrar el camino para tomar el poder, es que esa debilidad del campo popular es la tarea fundamental de todos los revolucionarios argentinos, de todos los revolucionarios que se manejan dentro de la estrategia de la guerra popular y prolongada, de todos los revolucionarios que están participando en primera fila activamente en la lucha sin cuartel contra el enemigo de clase, en la lucha sin cuartel por denunciar y desenmascarar permanentemente al partido militar, fuerza de vanguardia dentro del campo del enemigo.
El enemigo tiene una vanguardia reconocida dentro de la clase dominante. Esa vanguardia del enemigo es el partido militar. Nosotros, por nuestra parte, estamos construyendo nuestra vanguardia, y esa tarea no es la tarea de una organización: es la tarea del conjunto de los revolucionarios. Todos los pasos que faciliten ese proceso de unidad seguramente se convertirán en un polo claro y concreto que ayudará a elevar la conciencia de esta necesidad y de esta posibilidad.
Nuestra experiencia en la fuga del penal de Rawson es muy significativa, pero un proceso de unidad no se basa únicamente en un método de lucha; esos avances de unidad tienen que tener todo un contenido ideológico, político y militar. Las dificultades que encontramos se van a ir subsanando en la medida en que todos hagamos de esta necesidad un acto consciente que facilite encontrar el método correcto para ir resolviendo las contradicciones entre nuestras organizaciones. Esa es la necesidad política del momento.
La masacre de los compañeros en Trelew es muy significativa, como siempre ha sucedido en nuestra historia, en nuestra patria y en los procesos revolucionarios de todos los pueblos del mundo; la rica sangre vertida por los mejores hijos del pueblo realmente es el abono más fértil que va marcando el camino. No es un simple derramamiento de sangre, porque está precedido por claros conceptos como los que enunció el compañero Pujadas en el aeropuerto, donde marca claramente, y sintetiza todo nuestro planteamiento hacia la unidad.
La marcha hacia la unidad es un proceso serio e irreversible, pero es un proceso complicado, complejo, donde juegan muchos factores, factores que hacen a las características del proceso revolucionario de nuestro país, condimentado por todas las particularidades de las fuerzas políticas que se mueven en nuestro país, condimentado con la historia propia de la formación de cada una de nuestras organizaciones.
Todos estamos subordinados a los intereses de la revolución, todos intentamos ser fieles intérpretes de la clase obrera y el pueblo, pero no siempre todos sabemos acertar la mejor forma, el mejor camino. No es suficiente ser abnegado en la lucha armada; es necesario, junto a eso, y teniendo al combate como base material fundamental de la práctica permanente, ir encontrando las respuestas políticas, las respuestas organizativas, las respuestas que faciliten la extensión de la guerra. La guerra revolucionaria es contra un enemigo. Los intereses de nuestra clase obrera, intereses que se entroncan con los intereses de los trabajadores de nuestro continente, de todos los continentes de todo el mundo, pero con las particularidades propias de nuestro país. Lo primero es marcar nuestras diferencias; ése es el proceso que se está conociendo, que se está aprendiendo. Segundo, a encontrar el método de análisis y el método que nos lleve a la práctica concreta para facilitar esos objetivos. Sólo eso va a permitir avanzar y va a permitir afianzarnos en los pasos que vamos dando, recoger todos los errores y aciertos, sintetizarlos y volcarlos a hacer participar a las masas en este proceso, y junto con ellas ir encontrando y resolviendo el problema.
¿Cómo han visto ustedes la actitud del pueblo chileno durante el tiempo que han permanecido aquí?
Osatinsky: Desde el primer instante hemos percibido la solidaridad del pueblo chileno y realmente, para nosotros, que por primera vez vivimos una situación de este tipo, ha sido emocionante. Emocionante, estimulante, sobre todo en los momentos de la masacre de Trelew. Es difícil expresar lo que uno siente en esa circunstancia. La decisión que adoptó el gobierno chileno no es una gracia particular de fulanos o menganos sino que interpretó el sentir del pueblo chileno.
Finalmente, queremos dejar un saludo combativo y fraternal, cariñoso, a todas las organizaciones que desde un primer instante nos hicieron llegar su solidaridad, como el MIR, la izquierda del Partido Socialista y la Izquierda Cristiana.
En la acción de Rawson participaron conjuntamente organizaciones peronistas como Montoneros, a la cual usted pertenece, y organizaciones no peronistas y marxista-leninistas como es el caso del ERP. ¿Se trata de una acción coyuntural para salir de la prisión o ustedes la toman como una tendencia a la unificación de las distintas organizaciones armadas que operan hoy en la Argentina?
Vaca Narvaja: Para descartar todo tipo de suspicacia en este tipo de operaciones, sobre todo teniendo en cuenta el movimiento peronista y los distintos sectores reformistas y traidores que en él están, queremos aclarar que esto no es una expresión táctica o coyuntural de las organizaciones armadas peronistas y no peronistas. El resultado de esta acción, políticamente, es un índice orientador de un camino hacia la formación de un ejército popular.
Nosotros creemos que hay una única vanguardia que va a dirigir el proceso revolucionario en Argentina, y que la formación de esa vanguardia, ese instrumento revolucionario que representa los intereses de la clase obrera, es tarea de los revolucionarios y es tarea fundamental y prioritaria de las organizaciones armadas que hoy militan en Argentina; entre ellas están las organizaciones revolucionarias no peronistas. La resolución de sus contradicciones, los métodos adecuados para llevarlos a la práctica es en este momento una de las tareas fundamentales, una de las necesidades de esta etapa del proceso revolucionario que podemos decir recién comienza.
En este contexto encuadra el que nosotros desarrollamos, y participamos activamente en la planificación y en la elaboración de esta operación. Creemos que tiene dos contenidos políticos: uno coyuntural, inmediato, que es la liberación de los prisioneros de guerra, de las distintas organizaciones revolucionarias; ése es el inmediato. El otro es mediato, y está regido por las diferencias políticas e ideológicas que en este momento nos separan. Diferencias políticas e ideológicas que son importantes y que radican en las distintas concepciones y caracterización del peronisno y del papel de Perón.
Creemos que esas diferencias que nosotros consideramos fundamentales y que se expresan en las distintas manifestaciones políticas que asumimos ante nuestro pueblo, tenemos que resolverlas como se resuelven las contradicciones en el seno del pueblo. Son contradicciones no antagónicas. Son contradicciones diferenciadas de nuestras contradicciones con nuestros enemigos. En ese contexto vamos a desarrollar nuestras tareas, nuestra acción conjunta, vamos a definir nuestra política de conjunto para superar esas contradicciones en función del proceso revolucionario y de acuerdo a las necesidades de la revolución en Argentina.
La experiencia nuestra de contacto, de convivencia, de trabajo y discusión que hemos realizado en las distintas cárceles de nuestro país, han ayudado en ese sentido. Las cárceles son, como decía Ho Chi-Minh, la primera escuela de un revolucionario. Esa es una gran verdad, porque la experiencia que vamos a recoger, a pesar de ser corta, va a significar un salto cualitativo en el proceso revolucionario argentino. Un salto cualitativo no sólo en el aparato, no sólo en cuestiones militares, sino también en lo político o ideológico, en la medida en que nos ha permitido profundizar nuestras concepciones políticas, enriquecerlas en la confrontación de las distintas ideas y comenzar a vislumbrar la forma correcta de llegar a acuerdos sólidos.
Esos son los dos aspectos que señalábamos. Uno es estratégico y el otro es táctico. Creemos que la forma correcta de superar nuestras contradicciones es llevarlas al seno de las masas. Llevarlas al pueblo, y fundamentalmente a la clase obrera. Y en ese contexto discutirlas y profundizarlas, y de allí extraer y aprender del pueblo. Es la forma en que nosotros vamos a asumir nuestras diferencias.
En lo coyuntural creemos que tenemos posiciones similares en cuanto al significado del GAN como un nuevo engaño al pueblo. Diferimos en cuanto a las perspectivas y posibilidades de salida para la clase dominante frente al GAN y diferimos fundamentalmente en la caracterización de Perón. En cambio podemos llegar a sostener, por ejemplo, un mismo programa económico, un mismo programa de reivindicaciones mínimas, con la conciencia de que nuestro pueblo lo manifiesta ya en sus movilizaciones y en sus luchas.
En el caso nuestro, de Montoneros, diferimos en la reivindicación de la candidatura de Perón. Creemos que eso sólo puede ser salvado en la práctica y en el trabajo en conjunto. Es la única manera de solucionar nuestras contradicciones. Es un trabajo arduo y complejo. Es un trabajo que no se extrae de un libro: surge de una teoría y de una práctica revolucionarias que están en desarrollo en nuestro país. En esa práctica con el pueblo podemos lograr una serie de acuerdos y la profundización de nuestra concepción.
Sin embargo, eso no sería posible si no partiéramos de un presupuesto mínimo fundamental, que es nuestra calidad de combatientes y nuestra concepción de revolucionarios. Si no hubiéramos profundizado nuestros objetivos comunes, como son lograr el socialismo, elaborar una estrategia de guerra revolucionaria, formar una vanguardia y caracterizar a nuestros enemigos, creemos que no podríamos haber logrado el nivel de discusión y de confrontación que ahora tenemos.
Por eso reivindicamos la experiencia de Rawson como uno de los hitos más importantes de nuestro proceso revolucionario. En ese sentido es que también reivindicamos los hechos de Trelew, tomamos plena conciencia de la responsabilidad que hemos asumido y de la responsabilidad que significa la entrega de diecinueve compañeros fusilados en Trelew.
¿Cuál fue la participación de Montoneros en la acción de Rawson y qué significado le atribuye usted a esa participación?
Vaca Narvaja: En primer lugar, esa operación se desarrolla con dos criterios militares. La operación en sí del rescate de prisioneros es una acción llevada a cabo, en su organización y planificación, por los tres comandos de prisioneros de guerra de las organizaciones que intervienen. La participación de Montoneros en esta operación no está impedida por ningún tipo de diferencias políticas. Se trataba de una operación que no creaba ningún tipo de expectativa falsa, sino que ofrece claramente la realidad del proceso entre las organizaciones peronistas y no peronistas.
La participación de Montoneros no se dio en forma física, como organización, por problemas de tipo material; en cambio, sí se dio en la participación activa durante la elaboración y concreción de la operación. La responsabilidad es común y similar en las tres organizaciones. Yo quería decir, además, que pensamos que la unificación de las organizaciones armadas argentinas es el único camino que deben recorrer las distintas fuerzas revolucionarias de la Argentina.
Anteriormente hablamos del problema de la unidad y de las características que esa unidad asumía en la Argentina en función de las diferencias políticas e ideológicas entre las organizaciones armadas peronistas y no peronistas. Nosotros hemos realizado una primera experiencia de unidad entre las organizaciones armadas peronistas. Nos dejó una serie de enseñanzas en cuanto a la necesidad de asumir frente a nuestro pueblo la responsabilidad que tenemos como embriones de una futura vanguardia revolucionaria. En ese sentido creo que es nuestro propio pueblo el que más claramente se manifestó y se expresó en esa necesidad de difusión de las organizaciones armadas.
Con los compañeros de las organizaciones armadas no peronistas se da un proceso más complejo, porque nuestras diferencias son más grandes, pero no se pueden dar desconectadas de ese proceso de difusión entre las organizaciones peronistas. Creemos que la unión entre las organizaciones armadas peronistas es más inmediata. Es más fácil recorrer con ellas un camino más corto porque nuestras diferencias son pequeñas, son menores; en cambio, nuestras diferencias con los compañeros del ERP son de mayor importancia política, pero creemos que en estos momentos ignorar estas diferencias, ignorar darse una política de conjunto con los compañeros del ERP para solucionar esas contradicciones es un error político, un tremendo error político.
Es en función de eso que nuestra organización se va a abocar a la tarea de encontrar esa metodología de avance, de encontrar esa metodología correcta para superar nuestras propias contradicciones.
Quiero recalcar, además, que la sangre derramada de los compañeros de Trelew tiene toda la profundidad necesaria para que tomemos una real conciencia de este tipo de problemas. El recibimiento del pueblo chileno a las tres organizaciones revolucionarias, expresado en cada uno de los compañeros en la consigna de "ERP, FAR, Montoneros son nuestros compañeros", también nos muestra con claridad cuál es el sentir de los distintos pueblos que luchan por la liberación de sus patrias.
En ese sentido, nosotros asumimos nuestra responsabilidad como organización y nos criticamos como organización. En el caso de Montoneros, criticamos la existencia de distintas expresiones sectarias en nuestra organización. Las asumimos como limitación, como producto de todos los procesos revolucionarios; esto es algo que no se puede olvidar, es un hecho objetivo que lo palpamos y lo visualizamos.
Personalmente en mi caso creo haber tenido a veces actitudes de tipo sectario, pero creemos que es nuestra práctica y nuestra conexión con nuestro pueblo la que nos va a impulsar a superar todas estas limitaciones que todavía arrastramos.
En esa práctica las organizaciones revolucionarias se van construyendo, se van haciendo. Creo que las expresiones de los compañeros de Trelew antes de la masacre son un verdadero testamento político para el pueblo argentino y las organizaciones revolucionarias. Las palabras del compañero Pujadas, de Montoneros, que han sido difundidas públicamente, son lo suficientemente claras sobre el clima que se vivía en la cárcel de Trelew.
Como organización Montoneros, quiero en este momento aprovechar para saludar la extraordinaria acogida del pueblo chileno a nuestras organizaciones revolucionarias. Quiero destacar que desde el primer día que nosotros pusimos pie en suelo chileno se hicieron movilizaciones populares organizadas por los sectores de vanguardia del pueblo chileno, como el MIR, la izquierda del partido Socialista, la Izquierda Cristiana. Quiero destacar también que la solidaridad del pueblo chileno para con los compañeros caídos nos ha hecho mucho bien, nos ha acompañado en todo momento en nuestro dolor y nos ha hecho compartir nuestro dolor junto con ellos.

jueves, 11 de agosto de 2011

Jose de San Martin

De un hombre del que tanto nos hablaron en la escuela, nos interesa conocer y compartir algunas de las ideas que defendió  y el testimonio escrito de la lucha.



No cesan los enemigos de nuestro liberal sistema, constantes en sostener el de opresión y tiranía, de tocar cuantos medios caben en la esfera de lo posible, para sofocar nuestros progresos, conquistar de nuevo las Provincias Unidas, y destruir el Gobierno que lo ha constituido. 
Una expedición de 10.000 soldados debía salir de la Península; el 10 de enero ultimo, á atacar nuestras costas, y desolar la Capital según se me avisa por  el Secretario de la Guerra de ord." Sup. La ocupación del Reino de Chile aumentaron nuestros cuidados, y el Gral. Fezuela aunque débil al presente, calcula los resultados de su suerte sobre los auxilios que espera de este. En medio de una época tan critica, solo nos resta Redoblar nuestros sacrificios, apurando los recursos para evitar la dominación de unos monstruos que  van a terminar nuestra existencia civil si consiguen su empresa. Es cierto que tenemos que sufrir escasez de dinero, paralización de comercio, y agricultura, arrostrar trabajos, y ser superiores á todo genero de fatigas y privaciones; pero todo es menos que volver á uncir el yugo pesado é ignominioso de la esclavitud. Solo la unión y ¡constancia son las que nos pueden dar vigor al vencer estos obstáculos; sin ellas todo fenecerá, y atrayendo con nuestra destrucción la desgracia  de nuestra generación futura, recibiremos sus justas execraciones. Nuestro primer deber en tales circunstancias es proporcionar a la Capital toda clase de auxilios. Si esta cae bajo la opresión enemiga como que es la fuente de donde emanan los recursos al sostén de nuestra Libertad, ó perecerá esta, ó al menos sufrirá un revés que tal vez nos sea dificultoso repararlo.
 (
Oficio del Gobernador Intendente de la Provincia de Cuyo, Coronel Mayor José de San 
Martín, al Cabildo de Mendoza 
31 de marzo de 1815.)



"Yo no he encontrado más que los tristes fragmentos de un ejército derrotado. Un hospital sin medicinas, sin instrumentos, sin ropas, que presenta el espectáculo de hombres tirados en el suelo que no pueden ser atendidos del modo que reclama la humanidad y sus propios méri­tos. Unas tropas desnudas, con trajes de pordioseros. Una oficialidad que no tiene cómo presentarse en público. Mil clamores por sueldos devengados. Gastos urgentes en la maestranza, sin la cual no es posible habilitar nuestro armamento para contener los progresos del enemigo."
(Oficio al gobierno de Buenos Aires en 1814, después de hacerse cargo del Ejército del Norte tras la derrota de Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma)


“¿Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia? ¿No le parece una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al gobierno de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta, más que decirlo? Por otro parte, ¿Qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo, y los enemigos (con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos? Este usted seguro que nadie nos auxiliará en tal situación.
Por otra parte, el sistema ganaría el 50 % con tal paso ¡ánimo! Que para los hombres de coraje se han hecho las empresas. Veamos claro, mi amigo: si no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo éste la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero soberano, es decir, a Fernandito.”
(Carta a Godoy Cruz el 12 de mayo de 1816, instándolo a la rápida declaración de la independencia)

“se acerca el momento en que derretidas las nieves de la Cordillera que nos separa de Chile, se presenta el peligro de una invasión del lado del triunfo que me promete vuestro patriotismo. Preparaos a nuevos sacrificios para evitar el riesgo. Yo no he dispensado fatigas ni aun en las horas del descanso para acreditar mis desvelos en obsequio de vuestra conservación. Toca a vosotros triunfar en la lucha y conquistar la paz permanente, en que la agricultura y el comercio tomen un vuelo capaz de reparar las pérdidas indispensables en la guerra. La patria y vosotros nada tienen que temer si la cooperación del pueblo precedida de un esfuerzo grande de desprendimiento y de unión íntima, condición precisa de la empresa para salir con victoria. Yo me atreví a predecirla contando con vuestro auxilio, bajo la protección del cielo, que mira con horror la causa injusta de los opresores de América”.
(Proclama al pueblo de Cuyo en la primavera 1816, ante el peligro de una invasión realista)



“Al ejército de los Andes queda la gloria de decir: el veinticuatro días hemos hecho la campaña: pasamos la cordillera más elevad del globo, concluimos con los tiranos y dimos la libertad a Chile”
(Comunicación del triunfo de la batalla de  Chacabuco al general O´Higgins, el 12 de febrero de 1817)


"Compañeros del ejercito de los Andes: La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres, y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: seamos libres, y lo demás no importa nada... Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje" 
(Orden general del 27 de Julio de 1919)

“No busco la gloria militar, no ambiciono el título de Conquistador del Perú: quiero solamente librarlo de la opresión. (…) Quiero que todos los hombres piensen como yo, y no dar un paso más allá de la marcha progresiva de la opinión pública. (…) He estado, ciertamente día a día, ganando nuevos aliados en los corazones del pueblo. (…) La opinión pública es máquina recién introducida en este país; los españoles, incapaces de dirigirla, han prohibido su uso; pero ahora experimentan su fuerza e impotencia”.
(Palabras al Capitán ingles Basil Hall, quien visito a San Martin el 25 de junio de 1820)


“He dado a conocer el objeto de mi misión para con vosotros; vengo para satisfacer la espera de todos aquellos que deseen la libertad del país que les dio a luz y ser gobernados por sus propias leyes”.
(Manifiesto al pueblo peruano. Pisco, 7 de septiembre de 1820)













jueves, 4 de agosto de 2011

RODOLFO ORTEGA PEÑA, EJEMPLO QUE NOS UNE


Por Jorge Luis Ubertalli
Historiador revisionista, abogado defensor de presos políticos y sindicales, representante legal de gremios, periodista, profesor, diputado y, por sobre todo, revolucionario, fue el compañero Rodolfo Ortega Peña, asesinado por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) el 31 de julio de 1974. Vocero del peronismo revolucionario, el cristianismo revolucionario y la izquierda revolucionaria a travès de la revista “Militancia”, ajeno a todo sectarismo, crítico de Perón en sus ùltimos años y siempre franco y ejemplificante, el “Pelado”, como le llamaban amigos y compañeros, admirado por los que seguíamos su huella desde una generación posterior, se constituyó y se constituye en un ejemplo que nos une en pos de la liberación nacional y social de la Patria en el marco del socialismo.

Apenas conocido hoy por algunos, ignorado por otros, aborrecido por advenedizos y traidores del movimiento obrero y popular, sigue presente en los corazones de aquellos que supimos atesorar sus enseñanzas teóricas y prácticas. Dotado de una particular cultura e inteligencia, políglota- leía en francés, inglés, alemán, italiano, portugués, latín y griego, además del castellano- este apóstol popular, que se recibió a los 20 años de abogado e incursionó en la filosofía, la economía, la literatura y otros ítems; que proveniente de una familia acomodada podría haber sido el Gardel de los culorrotos y comemierdas que tanto abundaron, abundan y abundarán en el país, prefirió ser el vocero y defensor a ultranza de sus hermanos, los trabajadores, los pobres de vidas e influencias, los explotados y oprimidos por el capitalismo.


“¿Qué pasa flaca?”


Fueron sus ùltimas palabras. A las 22.25 de aquel 31 de julio, cuando un presunto taxi, que luego se supo formaba parte de la patota que lo asesinò, lo dejò en la esquina de Arenales y Carlos Pellegrini, ya habìa sido montada la operación. Dos autos, momentos antes, se habìan cruzado a lo ancho de la Avenida Santa Fè, para no dejar pasar a nadie, en tanto civiles de caras torvas desviaban el trànsito. Al momento del apeamiento de Rodolfo y su esposa, Elena Villagra, del vehìculo que los habìa transportado, desde un Ford Fairlane verde, que se les apareò, bajò un sicario que calzaba en su rostro una media de mujer y disparò contra la pareja con una subametralladora. El primer disparo atravesò el rostro de Elena, los otros, 24, impactaron en la cabeza de Rodolfo, en el antebrazo, en la muñeca y en otras partes de su cuerpo. Mientras el sicario y sus dos compinches, protegidos por el oficialismo, huían, el cadáver de Rodolfo fuè trasladado a la comisarìa 15, adonde concurrieron sus amigos, Diego Muñiz Barreto, Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Zito Lema, quienes se trenzaron con el comisario Alberto Villar, nombrado por Peròn como jefe de la Policìa Federal y luego fundador de la Triple A, quien entrò sonriendo jocosamente a la sede policial a poco de producido el asesinato.
Complicidades varias concurrieron a hacer posible el martirio del “Pelado”.
Legisladores justicialistas y de la oposiciòn, directivos del Consejo Nacional Justicialista que habìan presentado a Peròn a fines de 1973 un plan de eliminaciòn de “zurdos”, que comenzò con la voladura el automòvil del abogado radical Hipòlito Solari Irigoyen, periodistas venales, servicios de inteligencia y policiales, militares y policías, jerarcas de la Iglesia, burócratas sindicales y otros se hallaron implicados, directa o indirectamente, en la muerte del abogado y legislador del pueblo. El mismo dìa de su muerte y a las 20 horas, un supuesto redactor del periòdico El Cronista Comercial se habìa comunicado con Ortega Peña, quien se hallaba en su oficina del Congreso, para solicitarle una entrevista a las 21.30, que nunca se concretò. El supuesto cronista, se supo màs tarde, era un miembro de la Triple A, ya que inquirido posteriormente al asesinato el director del medio periodístico sobre esa supuesta entrevista, negò que se hubiera solicitado desde esa redacción. Controlado por servicios y parapoliciales y bajo contìnuos seguimientos, que se realizaban a plena luz con el fìn de amedrentarlo; aleccionado por sus amigos para que no se mostrara tan públicamente, usara un chaleco antibalas, se exilara o solicitara custodia, el “Pelado” respondìa: “la muerte no duele”. Sin embargo doliò. A todos nosotros, que lo perdimos como al “francotirador” que unìa a todos los revolucionarios, peronistas, marxistas y cristianos, bajo las banderas de la liberaciòn nacional y el socialismo. Sin pertenecer a ninguna organización revolucionaria en particular, las contenìa a todas. Era prenda de unidad de todo el campo popular, que habìa combatido a la dictadura con las ideas, las huelgas reprimidas y las manifestaciones sableadas, primero, y las armas en la mano después. “La sangre derramada no serà negociada”, transcribìa la manta ubicada detràs de su féretro, ubicado en el primer piso del la Federación Gràfica Bonaerense, donde fue velado. Su paso efìmero por la vida- tenìa 38 años al momento de su asesinato- habìa calado hondo en los hacedores de quimeras, militantes de la vida y el Hombre Nuevo. Allí estaban presentes, entre otros, el inolvidable Jorge Di Pascuale, secretario general del Sindicato de Empleados de Farmacia, secuestrado-desaparecido en 1976, Eduardo Luis Duhalde, su amigo y compañero, Raymundo Ongaro, Secretario General de la Federación Gràfica Bonaerense, Manuel Gaggero, director del clausurado diario El Mundo, Norberto Habegger, subdirector del diario Noticias, mas tarde secuestrado desaparecido y otros compañeros de distintas organizaciones. Coronas que rezaban “Militancia”, “Fuerzas Armadas Peronistas”, “Peronismo de Base”, “Montoneros”, “Agrupación `Lealtad y Soberanìa’” de Trabajadores de Farmacia; “Alianza Popular Revolucionaria”, “FAL 22 de Agosto”, “Nuevo Hombre” , “PRT- ERP” , “JTP”, “Alianza Popular Revolucionaria”, “Sindicato Unico de Empleados del Tabaco”, “Agrupación Docente 29 de Mayo” y otras tantas, cientos, testimoniaban el cariño y el respeto plural y ùnico hacia el compañero caìdo.
Y tambièn el odio de los enemigos del pueblo, sus enemigos. “Sus compañeros de D.I.P.A” rezaba una corona que, junto a otra del “Ministerio de Defensa”, fuè echada a la calle. DIPA, disuelta por el gobierno de Hèctor J. Càmpora, asumido el 25 de mayo de 1973, fue la sigla de la Direcciòn de Investigaciones de Partidos Antidemocràticos, sucesora de la Secciòn Especial de Represiòn al Comunismo y engendro de la Secretarìa de Informaciones del Estado (SIDE). Organismo fundamental de la represiòn polìtica popular, dependiente de la Policía Federal, participò a travès de sus cuadros de la Triple A, cuyas cabezas visibles fueron el “brujo” Josè Lòpez Rega, ministro de Bienestar Social, el comisario Villar, antes citado, el comisario Muñoz, hoy procesado, y los comisarios Morales y Almiròn. Este ùltimo, cabe destacar, una vez huido a España antes de la debacle de Isabel Peròn, confesò allì su autorìa en cuanto al asesinato de Rodolfo Ortega Peña. Al entierro del “Pelado” en la Chacarita concurrieron miles, que fueron reprimidos.


Anecdotario


“¿Que hacès?. ¿ No ves que es el Pelado Ortega Peña y su esposa”?- inquiriò por lo bajo quien esto escribe a una compañera, cuando en un acto de presentaciòn del Peronismo de Base universitario, llevado a cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1973, hizo abrir a Elena Villagra su cartera para ver su contenido. Cerca de allí, grupos perofascistas habían atacado una asamblea estudiantil en Ciencias Económicas, y la orden entonces era adoptar las máximas medidas de seguridad del acto y la protección de los compañeros que a él asistían.  Elena, con una sonrisa complaciente, cumpliò con la indicaciòn, intuyendo que la compañera de seguridad, muy jòven todavía, no la habìa reconocido. El Pelado esbozò una sonrisa còmplice al autor de esta nota, que, responsable del area, no supo donde meterse. Sòlo esbozò un “disculpe, compañero”, sonrojado. Y allì se quedò.
Cuando Rodolfo, ya diputado elegido por el Partido Justicialista, se convenció de que sus pares constituían una caterva de traidores, y ya distanciado del propio Perón, a quien acusaba de haber traicionado el programa del FREJULI, puso su solitaria banca al servicio de las bases trabajadoras. Formó entonces el Bloque de Base, unipersonal, desde donde defendiò a capa y espada a todo trabajador explotado que confrontara con su patronal. Quien esto escribe recuerda su participación en la defensa de los laburantes de la fàbrica Insud S.A., de La Matanza, cuyas emanaciones de plomo los enfermaban de saturnismo. En el norte, sur, este y oeste del paìs, el Bloque de Base, con el “Pelado” al frente, batallaba contra los explotadores y canallas. Desde “Militancia”, esclarecía mentes y propagandizaba los combates populares. En el número 29 del 27 de diciembre de 1973, y en la sección Correspondencia de Lectores, la revista reproducía un manifiesto de la Unión de Oficiales Argentinos ‘Lautaro’, Departamento de Gendarmería Nacional, fechada el 18 de diciembre. En ella, el grupo de oficiales de Gendarmería expresaba su descontento por tener que ocuparse de “la custodia de empresas de capitales extranacionales, medida que se contradice con las pautas de liberación enunciadas en el gobierno y las afirmaciones efectuadas por el señor Comandante en Jefe del Ejército, General Raúl Carcagno, y que apoyáramos en su oportunidad…”. Secciones como el Diccionario de la Entrega, Cárcel del Pueblo, donde iban a parar los políticos entreguistas; Comunicaciones, donde se transcribían los comunicados de agrupaciones sindicales, políticas y político-militares; las críticas al “colonialismo en la prensa”; las “reflexiones para el análisis”, el inefable “Tendencio”, dibujo que con pocas palabras decía mucho y otras muchas secciones, entre ellas los Cuadernos de Base, de formación sindical, constituían esa “Militancia” que, cual manual popular organizativo, discutíamos con nuestros compañeros en puntos tan distantes como La Salada, Bajo Flores, Filosofía y Letras o Bariloche.
En el número citado mas arriba, y como homenaje a los compañeros del Peronismo de Base-Fuerzas Armadas Peronistas Tito Delleroni y su compañera Nélida Chiche Arana, asesinados en el andén de una estación de ferrocarril por esbirros del la Triple A, el autor de esta nota dedicó un poema: “Confidencias”, que firmó como Un compañero del Peronismo de Base. En aquel momento, firmar algo o aparecer en alguna foto significaba una sentencia segura de muerte. El “Pelado”, sin embargo, no podía ni quería ocultarse ni usar seudónimos. Su función era servir al pueblo desde su cargo, su nombre y sus cojones. Y cayó y nos dejó su semilla. Esa que florece hoy como ayer bajo la misma consigna de Evita: “Caiga Quien Caiga y Cueste lo que Cueste, Venceremos!, Pelado. ¡Hasta la Victoria, Siempre!